La esfera de luz y los Sunkies
Nos vino muy bien acampar en “El Domo”, una cavidad muy grande en medio de los laberintos que constituyen el sistema subterráneo de la Cueva de los Tayos. Al margen de los excrementos de las “aves intraterrenas” y murciélagos que nos servían de colchón para apoyar allí nuestras bolsas de dormir, contábamos con algunas caídas de agua, cristalinas y próximas a nuestra ubicación. Allí llenábamos las cantimploras y las ollas para cocinar, además de un baño de rigor bajo aquella “ducha” natural.
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No fue difícil adaptarnos a la Cueva de los Tayos. Quizá lo más resaltante fue estar en una completa oscuridad durante los tres días que permanecimos allí, a más de 200 metros bajo tierra y varios kilómetros de recorrido en el laberinto intraterreno. Al apagar las linternas, tener los ojos abiertos o cerrados daba igual. Ello produjo un desorden en la concepción del tiempo, pues todo era como una “eterna noche”. Y nos llevó aun más adentro de nosotros mismos los días que permanecimos allí. Finalmente, la verdadera caverna que exploramos fue nuestro propio interior. Quizá este contexto nos fue preparando para las primeras experiencias.
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En las primeras horas del día 10, fuimos “despertados” por algo sumamente inesperado: una esfera de luz blanca, concentrada, no mayor en dimensiones a una pelota de ping-pong, apareció “suspendida” exactamente sobre el grupo, tocando prácticamente el techo de piedra lisa que se hallaba a unos dos metros de nuestras cabezas.
-¿Están viendo todos “eso”? -nos advertía Nimer quien, nuevamente sin sus anteojos, estaba contemplando lo imposible.
-Sí, sí, allí está -decían varios a coro.
-¿Ves eso José? -abordé a nuestro acompañante shuar, esperando que él tuviese una respuesta racional a este fenómeno.
-Sí... Lo veo bien, pero no sé qué es.... -respondió confundido.
-Aguanten, aguanten -intervenía Nimer nuevamente-; voy a iluminarla con la linterna.
Nimer apuntó el haz de luz de su linterna al techo, allí donde la “esfera” se había estacionado. Ni bien hizo esto, el fenómeno desapareció. Al menos aquella impresión tuvimos.
-Ahora voy a apagar la luz -decía Nimer sin quitar la vista del techo.
-¡Allí está otra vez! -nos decíamos- ¿Qué es?
Luego la esfera de luz desapareció. Lo más intrigante es que en todo el techo de roca no había ningún rastro de piedra fosforescente, o insecto que emitiese luz. A pesar que desde un principio sabíamos que no era nada de eso, decidimos barajar todas las posibilidades. Para Rafael y José, quienes anteriormente habían estado en la Cueva -en repetidas ocasiones- era la primera vez que veían algo así.
En mis adentros intuí lo que podría ser... Ya lo había vivenciado en Monte Shasta (California). Sin embargo decidí esperar, y fue así como la misma esfera revelaría más tarde su verdadera “identidad” al grupo.
A las 5:30 pm., decidimos echar un vistazo a la zona donde se hallaba el río subterráneo que demarca una suerte de “límite”, pues muchas expediciones quedan allí, detenidas por las aguas. Si el río está bajo, se puede cruzar, pero existe el riesgo de que las aguas vuelvan e inunden la cámara ahogando a los exploradores, como ya ha sucedido en otras expediciones de espeleólogos…
Nosotros teníamos la intención de cruzarlo, obviamente, si es que era posible. Nimer y Hans decidieron quedarse en el campamento base, mientras el resto del grupo, con José a la cabeza, nos internamos más allá de “El Domo”.
Una vez que sorteamos las ya frecuentes irregularidades del camino, alcanzamos nuestro objetivo, constatando -para nuestra alegría- que el río se encontraba muy por debajo de su cauce normal... Inmediatamente bajamos por una resbaladiza pared de roca que nos llevaba a la boca de otra galería, totalmente nueva para nosotros, a excepción de José, que la había visitado anteriormente con una expedición japonesa.
Esta galería que se nos abría, amplísima, es conocida con el nombre de “El Anfiteatro”. Para más de uno de los que fuimos, el lugar más bello de la Cueva. La erosión del agua había formado estratos de roca, como si fuesen pequeñas hileras de asientos para un teatro; y sobre éstas discurría lentamente el agua, que llegaba desde las diferentes cascadas -una con 30 m. de altura- que daban al recinto una atmósfera de solemnidad y elegancia. Un verdadero regalo estar aquí. El detalle de las cascadas, y su perfecta boca de salida, cuadrangular, simétrica, hacía sospechar que aquello no era una formación natural. ¿Quiénes abandonaron este verdadero paraíso en el interior de la Tierra? ¿Adónde se fueron?
Un detalle que nos llamó la atención, es que mucha gente de los grupos, en sus meditaciones previas a nuestro viaje, visualizaron la constante presencia de agua. De manera especial recuerdo que Maribel García de España me había visualizado caminando en una laguna con Rafael y Carina, haciéndome hincapié en que esta escena podría encerrar un momento importante de nuestro viaje. José, incluso, nos reiteraba que cuando el río crece también inunda el anfiteatro hasta formar una suerte de laguna interior, intransitable a su opinión, ya que el explorador no tiene mayores referencias de espacio y terreno, pudiendo quedar atrapado entre las numerosas rocas y fisuras que se alzan en el camino…
Para nuestra bendición, el río estaba tan bajo que podíamos distinguir claramente dónde pisábamos y hacía dónde íbamos.
Así, del Anfiteatro continuamos por un nuevo laberinto de túneles, hasta llegar a una pequeña lagunita, no muy profunda; el agua nos llegaba ligeramente por encima de las rodillas.
Rafael, Carina y yo, decidimos explorarla (ver foto) mientras Daniel y José nos aguardaban en la entrada. Sin darnos cuenta, de pronto nos hallábamos cumpliendo la visión que tuviese Maribel. |
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No tuvimos que avanzar mucho para encontrar un nuevo pasillo que se seguía adentrando hasta Dios sabe dónde. Rafael y yo nos miramos con complicidad.
-¿Seguimos Brother? -me decía mi buen amigo.
-¡Vamos! -le dije en seco, mientras acomodaba la linterna frontal de mi casco.
El camino no era tan sencillo. Había zonas donde prácticamente no existía el suelo y sólo nos quedaba cogernos de las paredes y apoyar los pies en las pocas salientes que conspiraban a nuestro favor. Me sentía como el hombre araña allí. Y esta sensación fue más contundente cuando una extraña araña de patas larguísimas y delgadas caminó a sus anchas sobre el techo de este “pasillo” -donde debíamos avanzar agachados por su escasa altura- hasta detenerse, por si fuera poco, sobre mi mismísima ubicación. Con Carina, en son de broma, nos alertábamos de no apoyarnos en tal o en cual lugar, porque teníamos constante “compañía”. Enfocar con buen humor y confianza este periplo al mundo subterráneo, nos evitó enfrentar cualquier tipo de temor o tensión.
-Aquí hay una bifurcación -nos advertía Rafael, quien iba adelante.
-¿Hay paso para ambos caminos?
-Así parece -me contestó seguro, con toda la energía de seguir adelante¾; voy a ver hacia dónde lleva el de la izquierda...
-Entonces echaré una mirada al de la derecha, para ver cuál nos permite continuar -repuse.
Tomé el angosto túnel que se abría a mi derecha, y comprobé que éste conducía a una habitación de apariencia artificial, aunque viéndola detenidamente, se deducía que fue moldeada por el agua. Ni bien me acerqué a esta pieza me sentí sumamente triste, desconcertantemente acongojado, y sin saber por qué. Entonces bajé con un pequeño salto al espacio que tenía, y allí mi sensación se duplicó. ¿Qué pasó aquí? ¾me decía¾.
-Nada por este lado -gritó Rafael, dando clara señal que culminó con su exploración.
-Muchachos, vengan a ver esto... -les dije.
Carina y Rafael se aproximaron, y al llegar, experimentaron lo mismo.
-Algo pasó aquí... -reflexionaba en voz alta Carina.
-Sí, siento como si hubiese habido algo importante en esta habitación, y fue hurtado... -no sé cómo, pero estaba seguro de lo que hablaba.
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Cerré mis ojos. Y en ese instante empecé a percibir con mayor claridad una presencia, próxima, observándonos desde muy cerca, pero por alguna razón aún no se dejaba ver. Para ser más exacto, se trataba en verdad de varios “acompañantes”. Como si nos estuviesen “evaluando”.
Extraña plancha del Padre Crespi que muestra una pirámide: ¿La Cueva de los Tayos contiene un archivo metálico de diferentes civilizaciones antiguas del mundo? ¿O hay algo más que la “Biblioteca de Oro”? |
Percibía -sin pretender aludir a las mentadas planchas metálicas- que en aquella habitación hubo “algo” importante para estos seres, y se lamentaban de haberlo perdido. Tuve tanta nostalgia por esto, que sentí pedirle perdón a aquellos seres, por haber profanado nosotros, “los seres de superficie”, sus tesoros y secretos más sagrados. Rafael y Carina compartían esta sensación, y así, juntos, hicimos una práctica de visualización creativa para sembrar cristales de luz en aquel recinto pétreo. En ese momento no nos imaginamos que con aquel trabajo -o más bien, el sentimiento que nos empujaría a realizarlo- estábamos abriendo una “puerta” para el contacto con los esquivos habitantes de la Cueva de los Tayos...
Luego nos marchamos, volviendo por el camino que habíamos descifrado pero dejando tras nuestros talones un ambiente distinto. Ahora se respiraba paz.
Volvimos al campamento base a las 8:00 pm., luego de haber recorrido por varias horas aquel sector desconocido de la cueva, afortunadamente, sin mayores incidentes (aunque el famoso río más tarde recuperó su caudal e inundo la zona donde estuvimos).
Al reunirnos con Nimer y Hans en “El Domo”, nos encontramos con otra sorpresa: la “esfera” había aparecido nuevamente, estacionándose sobre las cabezas de nuestros amigos. De inmediato, Hans, guiándose por su intuición, decidió intentar comunicarse con la extraña luz. Para ello se concentró en una idea, esperando que la esfera, de alguna forma, pudiese “responderle”.Y entonces la luz se encendió, como si estuviese dando una respuesta positiva a la idea de Hans. La idea, en verdad, era una pregunta mental a la esfera: “Si es que ésta se constituía en un ente guardián del lugar”. De cara a todo esto, Hans y Nimer empezaron a formular preguntas a la luz, que siempre contestaba “digitalmente”, siendo una afirmación la iluminación de la misma, y una negación cuando la energía de la esfera parecía apagarse.
De esta forma nuestros amigos confirmaron -gracias a la “comunicación” que entablaron con aquella “luz”¾ que nos hallábamos efectivamente observados por una forma de vida inteligente; que el lugar donde acampábamos estaba siendo energetizado por “ellos”, una sensación que tuvimos desde el principio al percibir las intensas corrientes de fuerza que allí se concentraban, a tal punto que producía en todos nosotros una perenne somnolencia, como si nuestros cuerpos estuviesen siendo preparados para recibir “algo”.
Esta manifestación de la esfera, mientras nosotros estábamos haciendo la siembra de cristales en la habitación de piedra que hallamos, me hizo “hilar” una cadena de situaciones. ¡Sentía que el perdón podría ser el nexo para el contacto con aquellos seres!
Lo expuse al grupo, generándose una profunda conversación sobre el tema, intercambiando experiencias, puntos de vista, y recordando de manera especial las sabias enseñanzas de nuestros hermanos mayores.
Para dar una idea exacta de lo que han dicho los Guías en relación al Perdón como fuerza vital del amor manifestada, a continuación transcribo un capítulo de “Mensajeros del Cosmos”, una recomendable obra de nuestro hermano Sixto Paz que extracta por temas las enseñanzas recibidas de los Guías extraterrestres al interior del Grupo Rama:
Sí, Antarel.
Pregunta: ¿Qué es el perdón para ustedes?
El perdón es la capacidad de amar manifestada en la tolerancia a los errores.
Para poder concienciar a la humanidad en torno del perdón deben primero asumirlo ustedes en sus propias existencias. Mientras no lo incorporen como una actitud en vuestro desenvolvimiento personal y como parte esencial del nuevo ser que deben llegar a ser, no podrán enseñarlo.
Pregunta: ¿Por qué es importante enseñar el perdón?
El perdón es la liberación de la tolerancia y de las limitaciones del egoísmo que lleva a la persona a estar pendiente de los demás en forma negativa, con un pensamiento y una crítica destructiva, que vienen siendo parte de un proceso de justificación de los errores propios.
El perdón es el grado máximo del amor, y son ustedes en vuestro planeta los que pueden llegar a dar el más alto ejemplo de amor, alcanzando con ello cumplir un rol cósmico de liberación, por cuanto constituyen una civilización de agraviados.
Pregunta: ¿Cómo es eso?
Se os ha hecho mucho daño a lo largo de vuestra historia a veces intentando ayudarlos. Otras veces se les ha perjudicado a propósito, dificultándoles el panorama como a pocos, para probar vuestras aptitudes y lograr aprender a través de vosotros. Por ello, el perdón en vosotros hacia las civilizaciones que se propasaron vendría a ser un acto original de creación divina, un mensaje de madurez al cosmos, un factor de liberación para todos y de restauración de un orden interrumpido.
Pregunta: ¿Cuáles son las consecuencias de la falta de perdón?
Hay mucha gente que está enferma de resentimientos, de sentimientos de culpa, de envidias y de odios. Todo ello materializa en sus cuerpos las peores enfermedades, por lo que les decimos que el perdón es terapéutico. Pero recuerden que no podrán enseñar el perdón a la humanidad si no lo incorporan como parte de su estilo personal de vida; si no hacen del perdón su filosofía de vida.
Deben practicar el perdón en lo secreto de vuestro corazón, conociéndose a ustedes mismos, encarando con comprensión su vida y con caridad evaluando lo que ha significado hasta ahora. Deben primero tratar de superar sus propios errores, perdonándose primero a ustedes mismos; sólo así podrán extender este estado de conciencia y esta actitud a otros. Además, no es posible hablar de un perdón cósmico si antes no son capaces de vivir la experiencia del perdón en lo diario y cotidiano, con las personas a las que dicen que más aman. Si lo logran podrán darle con el tiempo una dimensión superior.
Luego del diálogo nos aprestamos a realizar una meditación, un ejercicio mental donde iríamos reconociendo momentos de nuestra historia como seres humanos en medio de la importante saga del Plan Cósmico. Así, partimos desde nuestros orígenes, visualizando el espacio, de manera particular la Constelación de Orión, perdonando a quienes han declarado una guerra psíquica -y física- a la humanidad, recorriendo los distintos pasajes de nuestro proceso de crecimiento como civilización, perdonando los errores de los diferentes visitantes que llegaron a nuestro mundo; luego reconoceríamos en la práctica a diversas personas de nuestro entorno que, por alguna razón, nos hicieron daño, o nosotros a ellas, llenando de luz aquellas escenas, sintiendo un infinito amor y comprensión, hasta llegar al momento más importante del trabajo: perdonarnos a nosotros mismos.
Y para sellar el trabajo, sugerí a los muchachos mantralizar la palabra “Rama”, clave activadora de nuestra experiencia de contacto, como un símbolo de renovación de nuestro compromiso, de un “volver a empezar con mayor fuerza”.
En ese preciso momento, en que estábamos vocalizando el “mantran del recuerdo”, apareció una vez más la esfera de luz, con una intensidad increíble. Por alguna razón habíamos abierto los ojos -aunque daba igual con la oscuridad reinante¾ descubriendo a nuestra compañía flotando sobre el grupo.
Cerré mis ojos con una sonrisa de satisfacción. Era una “buena señal”.
Entonces se empezaron a escuchar unos pasos, algunos muy evidentes ya que hacían ruido en los numerosos charcos de agua que nos circundaban. En mi mente, veía a pequeñas figuras, como si fuesen niños, de cabeza más grande que el cuerpo, y con unos grandes ojos negros y oblicuos. ¡Eran varios y se nos estaban acercando!
Cuando los observe en mi mente, y escuchaba los pasos cada vez más cerca, una emoción muy grande empezó a apoderarse de mí. Tampoco sé cómo explicarlo, pero sabía quiénes eran, y su sola presencia allí me estremeció por la importancia de este encuentro. En aquel instante, visualizaba a uno de estos seres, acercarse por detrás, observándome con curiosidad. Entonces vi como estiró su delgado brazo, con timidez, con la clara intención de tocarme...
-Ahhhh!!!! -grité sin poder contenerme cuando sentí que alguien me tocaba el brazo...
Me sentí mal cuando ocurrió esto. Mi súbita reacción invitó a retirada a nuestros visitantes, y con ello -pensaba- había echado a perder un verdadero encuentro cercano entre aquellos seres y el grupo. Hasta la esfera de luz se marchó...
También me hallaba desconcertado por mi reacción. A estas alturas del camino, con todos los encuentros que había afrontado con los Guías extraterrestres y la Hermandad Blanca -donde aprendí a convivir con ellos y a verles como amigos- era extraño que yo me sobresaltara por un simple toque físico en mi brazo. Pero, como me haría comprender más tarde el grupo, esta experiencia, al ser totalmente nueva para nosotros, resultaba natural que nos sorprendiese, aun más al revelar quiénes eran aquellas juguetonas criaturas que me recordaron la leyenda shuar de los Sunkies y Nunkuies, habitantes del mundo subterráneo y los ríos. A raíz de esta experiencia, decidí bautizar a aquellos escurridizos moradores de las cuevas con el nombre de “Sunkies”.
Y bien. Aquí no había terminado todo: Cuando encendimos la luz de nuestras linternas con Nimer descubrimos la huella de unos ¡tres dedos en mi brazo derecho!, impresos por el lodo que, al parecer, cubría los delgados dedos del ser que se me acercó. La impresión que tuvimos al constatar la “marca” -incluyendo al shuar que se alertó al escuchar las pisadas durante la meditación- fue la gota que colmó el vaso. En aquel momento empecé a tomar conciencia de que el Sunkie al tocarme había “depositado” algo en mí, y quizá esa intensa inyección de energía, o información… era lo que en realidad me sobresaltó.
Todo esto lo sabríamos poco después. Tendría una segunda oportunidad para encontrarme con aquellos seres y saber quiénes eran…
Continuará…
¿Qué esconde realmente los túneles secreto de los Tayos? |

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