La desconcertante red de túneles de la Cordillera del Cóndor
Continuamos con la narración del extraordinario viaje a la red de túneles del Ecuador.
Una expedición que permitió acercarse a una realidad inquietante como desconocida:
los intraterrestres
Camino a la Cueva de los Tayos
El 8 de agosto ciertamente fue un día clave. Habíamos conocido una de las entradas al mundo intraterrestre, y no el ingreso que la mayoría de expedicionarios conoce. Aunque en este viaje no era el momento de entrar al sistema de túneles de los Tayos a través de La Unión, fue importante conocer la boca de acceso y meditar allí, percibiendo todos una serie de cosas que entenderíamos más tarde.
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El día 9 retomamos la expedición y nos dirigimos a la comunidad shuar de Coangos, a unas 5 horas de caminata -a nuestro paso y con todo el equipo en las mulas- desde La Unión. Dos viejas amistades de incursiones anteriores a la Cueva de los Tayos serían nuestros acompañantes de ruta: Alfonso Sam y Silverio Cabrera; este último jugaría un papel importantísimo en un difícil momento de la expedición.
Alfonso había acompañado a la expedición de agosto del 2000. Se trata de un joven honesto y sensible, verdadero amigo y estupendo guía. Silverio, un hombre mayor -de unos 60 años- era el maestro de escuela del pueblo de Coangos, y una de las personas más influyentes y respetadas de la Federación Shuar -que agrupa a todas las comunidades nativas del oriente amazónico del Ecuador-. Y lo más importante: profundo conocedor de la cosmogonía shuar, sus leyendas, y desde luego, los secretos.
Habíamos acordado con Alfonso tres mulas para carga y seis caballos para montura, por cuanto la ruta a Coangos estaba inundada de lodo y ello hacía por demás indócil la caminata. Para nuestra “suerte”, Alfonso sólo pudo conseguir cuatro caballos para cabalgar. Así, de cara a este paisaje, y sin darle muchas vueltas al asunto, me ofrecí con Hans para ir ambos a pie.
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Silverio -quien a pesar de su edad se desplazaba con agilidad envidiable-, Hans, y yo, encabezamos la fila; atrás venían los muchachos en los caballos, y Alfonso con el equipo en las mulas.
En verdad el sendero no era cosa fácil, teniendo en cuenta el terreno accidentado, en constante ascenso entre rocas y pequeños pantanos formados por las lluvias. El lodo, en la mayoría de los casos, llegaba casi a las rodillas. ¡Cuán oportunas fueron aquellas botas de plástico! (sí Rafael, “tenías razón”). Incluso, más de una vez, se nos atascaba el pie entre tanto barro que amenazaba con atraparnos la bota si es que intentábamos salir del aprieto con una impaciente sacudida. Todo un arte caminar allí.
En situaciones como ésta, uno aprende a valorar todo lo aprendido en expediciones anteriores. Y sin ir muy lejos, tan sólo nuestras salidas a terreno -aquellas que tantas veces nos han sugerido los Guías- se constituyen en un eficiente adiestramiento. En la oscuridad de la Cueva de los Tayos valoraríamos aún más todo esto, de manera especial las “salidas de autocontrol”, donde los hermanos mayores nos enseñaron a reconocernos en el silencio y a controlar nuestras emociones...
-¿Y qué hacen ustedes? ¾Me abordaría intempestivamente Silverio, sacándome de mis pensamientos.
-Somos un grupo que, bajo una misma experiencia, intentamos comprender el significado más profundo de la humanidad y su misión -respondí sin querer entrar de lleno en los detalles…
-Son un grupo que ora… Sé que meditan -repuso Silverio.
-Sí, meditamos -contesté-, lo hacemos porque las verdaderas respuestas no están afuera, como parece sugerir nuestro viaje a la Cueva. Las respuestas están dentro de uno mismo.
-Y... Para ustedes... ¿Qué hay dentro de la Cueva? -inquirió.
¾Vida -le contesté-. Sabemos que hay vida inteligente allí…
-¿Y saben quiénes son? -Seguía preguntando el shuar, pero no se apreciaba en su mirada sorpresa, o que estuviese ajeno al tema.
-De acuerdo a lo que sabemos, quienes están allí son custodios de un conocimiento muy antiguo -¾intervino Hans-. Ellos protegen la verdadera historia del ser humano. No se muestran abiertamente porque aun no estamos listos.
-¿Acaso sabes algo de la “gente” en la Cueva? ¾Abordé calmadamente al profesor de la Comunidad Shuar-. ¿Qué es la Cueva para ustedes?
-Sí, hay gente abajo... -contestó reflexivo.
-¿Los han visto? -Hans preguntó extrañado, y emocionado al igual que yo ante la afirmación de Silverio..
-No... Pero sabemos que hay “algo” allí. Cuando hemos bajado a capturar los pichones de los Tayos solemos encontrar huellas, algunas muy grandes para ser un hombre...
-¿Y qué dice la comunidad nativa de todo esto? -Le dije.
-Que aquellos seres, que viven en la Cueva, cuidan “tesoros”. Sabemos que si alguien los toma puede salir “hechizado”, loco...
Hay una zona -añadió Silverio- donde en una ocasión intentamos seguir las huellas que hallamos. Era un túnel largo. Pero difícil de transitar por los derrumbes que han ocurrido. En un momento nos empezó a faltar el oxígeno. Otros tenían miedo de molestar la “casa” de aquellos seres. Decidimos entonces no continuar.
-¿Y dónde está ese túnel? -Hans y yo nos mirábamos absortos.
-En la entrada nomás -contestó suelto de huesos-, subiendo a un segundo nivel. Pero en verdad son muchos los accesos. Es un laberinto.
-Silverio... -Hans reflexionaba en voz alta-. Deseamos que sepas que nosotros no hemos venido a explorar concretamente los túneles, y menos a molestar la “casa” de aquellos guardianes... Ellos son nuestros amigos. Ellos nos han invitado. Nuestra única intención es comprender, de manos de estos seres, cuál es nuestro verdadero origen.
-Al comprender nuestro verdadero origen -añadi-, sabríamos quiénes realmente somos y, por consecuencia a ello, podríamos encaminar el destino de nuestros pueblos, de la humanidad entera, hacia un mundo mejor.
El shuar esbozó una sonrisa de aprobación. Luego, su rostro reveló un cierto matiz de tristeza, y nos dijo:
-Un pena la guerra que hubo entre nuestros pueblos -Silverio sabía que Hans y yo éramos peruanos; hace pocos años Perú y Ecuador enfrentaron un penoso conflicto bélico que tuvo por escenario aquella misma zona¾; pero es una alegría que ahora todo esté en paz. Yo tengo familia shuar peruana al otro lado del río...
-Y sé quiénes son ustedes ¾apuntó Silverio-. Ya han venido antes y sé que son buenas personas...
Continuamos charlando. Y seguimos la trocha abierta en medio de una intrincada vegetación. Finalmente, una explanada se abrió de golpe ante nuestros ojos. Habíamos llegado a Coangos.
Mientras esperábamos al grupo que venía en los caballos, una sutil brisa fresca nos refrescaba al amparo de unas deliciosas bananas que la mujer de Alfonso nos ofreció. Esa misma tarde pensábamos cruzar el río Coangos para ascender los 800 metros de la orilla opuesta, hasta llegar a la boca principal de la Cueva de los Tayos. Estábamos tan cerca que nuestro entusiasmo era evidente. Sin embargo, una vez que todo el grupo se halló reunido en Coangos, nos llevamos una desalentadora sorpresa: uno de los encargados de la comunidad, precisamente quien dispone el “permiso” para ir a la Cueva, nos había negado el descenso. Luego supimos que esta decisión fue tomada al saber que tres miembros de la expedición éramos peruanos...
Ricardo González en Coangos, agosto de 2002 |
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El clima de tensión era evidente. Y comprensible: durante 40 años Perú y Ecuador vivieron un conflicto armado por la zona fronteriza que involucra la mismísima Cordillera del Cóndor… Muchos shuar, inclusive, fueron reclutados por el Ejército de Ecuador, algunos perdiendo la vida en combate o volviendo con impresionantes cicatrices de guerra. Y aunque la paz entre ambos países hermanos se selló en 1999 -en medio de la memorable oleada OVNI que sacudió Sudamérica-, aun se podía percibir en el ambiente las “huellas” de la guerra.
Y bien, con semejante escenario, cualquiera se puede inquietar -aun más si uno es peruano-. Sin embargo, por alguna razón extraña, nos encontrábamos en paz, seguros. Sabíamos que el viaje no acabaría de esta forma. Sabíamos que era una prueba, que debíamos confiar en los mecanismos propios de la Misión, puesto que fue la Hermandad Blanca quien nos invitó a conocer el mundo subterráneo.
Pronto, la situación se fue encaminando al compartir más tiempo con los miembros de la comunidad shuar. Llegamos hasta a jugar un partido de fútbol en una cancha que improvisamos con piedras. Todos jugamos, incluyendo Carina, la única mujer del grupo que dejó bien a la Argentina en la portería. Allí, en aquellos instantes de entretenimiento y bromas, vimos que la flotante tensión que existía “aparentemente” con nosotros, no venía del pueblo, sino de uno de sus dirigentes.
Esa misma tarde, cuando estaba cayendo la noche, los Guías se mostraron nuevamente. Y con mayor intensidad.
Nimer y Rafael, que se hallaban fuera de la otra escuelita que se nos cedió en Coangos para descansar -quizá un símbolo que procuraba recordarnos que “algo debíamos aprender”- interactuaron con un objeto que, desde lo alto en el cielo nocturno, encendió con fuerza su fuselaje. Esto ocurrió ante una exigencia de Nimer Obregón de ver una manifestación “contundente” de los Guías, ya que, para variar, se había olvidado sus anteojos en el hospedaje de Méndez, y nuestro amigo pensaba que sólo un avistamiento lo suficientemente cercano podría ser visto por él ante esta situación. Para su suerte, los hermanos mayores no escatimaron en dejarse ver con claridad.
¾Si lo vi yo sin los anteojos ¾nos contaba Nimer¾ ¡cualquier ciego lo hubiese visto!
Otros objetos se cruzaban en el cielo, a gran altura, algunos frenando y moviéndose erráticamente de izquierda a derecha. Todos contemplábamos esta “danza de naves”, como le llamamos. Una vez más, éramos acompañados por los Guías en esta aventura al mundo intraterrestre.
Al día siguiente, sábado 10 de agosto, Daniel García (un gran amigo del Valle de Tumbaco, abogado y profesor Universitario) y Rafael Calderón -ambos con nombres de ángeles- fueron portadores de un mensaje extraordinario: el profesor Silverio había intervenido frente a la negativa de nuestro paso a la Cueva de los Tayos, redactando un documento en su calidad de Vicepresidente de la Federación Shuar, autorizando nuestro descenso. Por si fuera poco, en un párrafo de su carta, el maestro del pueblo decía: “Los hermanos de la Misión Rama son gente honesta y espiritual, están recorriendo diversas partes del mundo, visitando lugares sagrados. Los conozco y puedo dar fe de sus buenas intenciones...”
La carta de Silverio fue bien recibida en la comunidad, y de inmediato, tuvimos todo un tropel de nativos shuar deseosos de ayudarnos en llevar nuestro equipo hasta la “tarabita”, una rudimentaria cabina de madera enganchada a un cable que, desplazándose a través de las poleas que se ubican a ambos extremos del río -a una altura media de 200 metros- se constituye en el único medio de acceso para llegar a la otra orilla del Coangos. Mientras nos alistábamos para partir a la Cueva de los Tayos, recordábamos el mensaje que recibiera Sixto Paz en relación a este viaje: “...estén atentos al mensaje que el maestro del pueblo tiene para ustedes”.
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¡No podía ser otra persona que Silverio Cabrera! Además, Daniel también había recibido un mensaje donde los Guías le advertían que alguien del pueblo nos ayudaría. Nuevamente, las pautas de nuestros hermanos mayores se cumplían con precisión.
Una mañana soleada nos hacía compañía. Parecía un sueño saber que esa misma tarde, estaríamos descendiendo al mundo subterráneo...
Rafael y Carina, cruzando el Río Coangos con la tarabita |
Descendiendo a las entrañas de la Tierra
No describiré nuestro trayecto -en permanente ascenso- hasta alcanzar la pequeña aldea del shuar Bosco, próxima a la boca principal del sistema de túneles. Desde luego no fue un paseo. Pero allí estábamos, listos y dispuestos a descender a las oquedades de la Tierra.
A las 3 de la tarde, el grupo ya se ubicaba en la boca de la Cueva, una caída abierta de 63 metros que debíamos sortear gracias a un cabo y una polea amarrada a dos troncos que cruzaban el abismo que se nos insinuaba silencioso. No se encontraban los tayos. Las aves se habían marchado. Los más extraño es que ningún shuar las vio salir, por tanto es de suponer que se desplazaron por los mismísimos túneles (!). Carina, siguiendo la tradición shuar, sería la primera en inquietar la soledad –aparente- de la Madre Tierra. Una vez que Nimer la ayudó a ajustarse el arnés al grueso cabo del cual pendía su seguridad, nuestra amiga se entregó al túnel, descendiendo con calma y mantralizando en los momentos más intensos. Todos -incluyendo además a cinco shuaras- sosteníamos con fuerza la soga. No fue difícil. En verdad, lo complicado sería salir más tarde por aquel mismo túnel. |

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Luego del descenso de Carina seguí yo. Me encontraba contento de bajar. Me sentía como niño en Disney, aunque sin desestimar los peligros de esta faena. Las paredes, producto del “diastrofismo” (deslizamientos de rocas sedimentarias) habían formado una suerte de placas de roca que simulaban grandes cuchillos. En repetidas ocasiones teníamos que estabilizarnos con suaves empujones de nuestras piernas. Si alguien se distrae, se puede pegar un susto. Aquí cumplieron bien su papel los cascos de minero que llevamos (¿Ya ves Rafael?), previniendo al grupo de cualquier golpe o accidente que gracias al Cosmos nunca ocurrió. Así, todos fuimos penetrando la Cueva. Sin duda uno de los descensos más alucinantes fue el de Hans, quien, con cámara de vídeo en mano (ver foto), fue registrando esta aventura. Penosamente, todo el material que grabamos en super 8 del interior de la Cueva, accidentalmente se borró… Luego comprenderíamos porqué.
Y con nosotros venía el séptimo integrante del equipo: José Saantz, un hombre bajito pero de constitución atlética, de unos 40 años de edad, silencioso; él era miembro de la comunidad shuar de Coangos y había servido al Ejército de Ecuador durante el conflicto armado con Perú. Su experiencia sería valiosísima, teniendo en cuenta que de todos los nativos shuaras, es quien más se ha adentrado en los túneles, además de haber acompañado a diferentes expediciones científicas del extranjero como guía. Sabía, y mucho.
Una vez que los siete nos hallábamos abajo, tomamos el equipo y nos movilizamos hacia la oscuridad de la galería. Poco a poco el sutil haz de luz que cae desde la boca principal fue desapareciendo a nuestras espaldas; ahora sólo la luz de nuestras linternas -y la de nuestro propio interior- nos orientarían a través de estas húmedas paredes que parecen haber visto una pléyade de visitantes antes que nuestros pasos rompiesen el silencio. De arranque los primeros murciélagos y alguna que otra tarántula de proporciones respetables nos dio la bienvenida. El lugar es mágico, muy especial. Todos estábamos emocionados.
Habíamos avanzado un corto trecho cuando José nos advierte que debíamos bajar una pared de unos 6 metros. Un corto descenso, pero complicado por la excesiva irregularidad del espacio. Así, una vez sorteado este paso -gracias a la soga y las oportunas ideas de Nimer para utilizar una roca como polea improvisada- seguimos el camino hasta llegar a una bifurcación: a la izquierda, un pequeño túnel parecía adentrarse como si se tratara de un canal de ventilación. Pero no se podía continuar, un derrumbe había obstruido el paso. El camino de la derecha, era accesible, y uno de los pocos puntos que conectan con el verdadero laberinto de pasillos y grandes galerías. Lo seguimos sin vacilar, no sin antes detenernos ante aquella entrada que, con sus claros ángulos rectos, sugería un origen artificial. Moricz llamaba a este evidente dintel de piedra “El Paso del Shiry”. “Shiry” significa “señor”, una denominación que no fue escogida al azar...
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Nos hallábamos cruzando la “línea divisoria” que llevaba al reino de los señores del mundo subterráneo. Esta suerte de puerta nos condujo de inmediato a una galería de medidas gigantescas. Y aunque no era de las más grandes, este primer vistazo al interior de la Cueva sobrecogió a más de uno al comprobar las sorpresas que se pueden hallar decenas de metros bajo tierra. Y recién estábamos adentrándonos, descendiendo cada vez más, hasta alcanzar cerca de los 150 metros de profundidad.
Ricardo González observando un posible dintel artificial en “El Paso del Shiry”. |
Luego de cubrir un accidentado camino -debido a las grandes rocas que frenaban el paso- llegamos al “Oratorio de los Caras”, otra singular denominación de Moricz para un pequeño tragaluz que dejaba filtrar algunas gotas de agua sobre el suelo lleno de pequeñas piedras, similares a los cantos rodados de un río.
Al extremo derecho de nuestra ubicación, a un metro y medio sobre el nivel del suelo, Rafael nos señaló una estrecha abertura en la pared. Aquella fisura llevaba a otro de los numerosos pasillos de la Cueva. En el viaje de agosto del 2000 los muchachos la habían penetrado avanzando más de tres horas, y en el curso de esta exploración, al verse atravesando angostos pasos que simulaban una vagina, bautizaron el túnel como “El Parto”.
Después de inspeccionar la zona volvimos por nuestros pasos, tomando luego el camino de la izquierda hasta llegar a la imponente sala “Stanley Hall”, llamada así por la expedición ecuatoriano-británica en honor al ingeniero escocés que empujó la realización de aquel periplo. El nombre original, acuñado por Moricz, era “Nuestra Señora del Guayas”. Se trata de un verdadero “auditorio” de 300 metros de ancho y cerca de 50 metros de altura. Impresionante. Lástima que nuestras linternas no hayan podido alcanzar toda la magnitud de aquella estancia. Tomar fotografías aquí era en vano. El flash de nuestras cámaras sólo permitía retratar espacios reducidos. Incluso la expedición de 1976 enfrentó también los mismos problemas, teniendo que solucionarlos con un generador de electricidad para cablear el interior de las galerías e iluminarlas.
Finalmente -y siempre descendiendo- alcanzamos “El Domo”, otra de las peculiares galerías, inmediata a un extraño laberinto de túneles no muy explorado, ya que un río subterráneo impide seguir en aquella dirección. En las expediciones anteriores de nuestros grupos, y en muchas otras de equipos científicos, nunca se cruzó aquel punto por razones más que evidentes. Rafael nos comentó -dándole una connotación de suspense al viaje- que allí dos espeleólogas norteamericanas perdieron la vida, muriendo ahogadas al verse sorprendidas por una violenta crecida del nivel del agua. Sin comentarios.
Decidimos acampar en El Domo por cuanto era el único lugar con un terreno blando y horizontal, como para tender allí nuestras bolsas de dormir. Todo ello, gracias a los Tayos: dormiríamos sobre toneladas -nuevamente no exagero- de sus excrementos. O dormíamos sobre las piedras, o lo hacíamos allí... La decisión fue unánime. Y otra razón de peso fue la cercanía de delgadas cascadas de agua, indispensables para abastecernos del líquido elemento las tres noches y cuatro días que estaríamos en la Cueva. ¿Quién lo hubiese imaginado? Ya estábamos allí, en el interior mismo de la Tierra.
Así, luego de realizar nuestras prácticas de armonización con el lugar, y de compartir una deliciosa sopa caliente, nos entregamos a un necesario descanso. No puedo decir que descansamos hasta que llegase el día. No había día, sino una eterna noche, afectando notablemente nuestra concepción del tiempo. Todo era un “eterno presente”. Y sin saberlo, todo esto nos estaba adiestrando secretamente para enfrentar en la tercera noche una importante experiencia.
Pero antes, harían su aparición los “habitantes de la casa”....
Continuará…
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