La desconcertante red de túneles de la Cordillera del Cóndor

En el artículo anterior hice un resumen de los datos que fuimos reuniendo sobre el
misterioso laberinto de túneles. Y aunque recopilamos una gran cantidad de información,
nada nos preparó para lo que encontraríamos en la Cueva de los Tayos.
Si bien es cierto todos los que participamos de esta expedición en agosto de 2002
formamos parte de una experiencia de contacto extraterrestre, las esquinas secretas y
los “guardianes” del mundo subterráneo dejaron una huella indeleble en nosotros.
A más de seis años de aquel suceso, repaso los momentos más importantes
de nuestro periplo al Reino Intraterrestre.


La Expedición

Lunes 5 de agosto, ciudad de Quito, Ecuador.  Seis personas de Argentina, Perú y Ecuador integrábamos la expedición que descendería al interior de la Cueva de los Tayos.

Este viaje había sido recibido a través de comunicaciones telepáticas de los extraterrestres, quienes nos sugerían relacionarnos con los esquivos habitantes del “mundo de abajo”, como le llamaban los incas al reino de los “Paco Pacuris” o Guardianes de Antiguo. De acuerdo a las informaciones que hemos recibido al interior de nuestra experiencia de contacto, los seres del mundo subterráneo actuarían como una suerte de guardianes de ciudades milenarias abandonadas bajo la corteza terrestre. Y en ellas –lo más importante, sin duda- se hallaría un importante archivo de conocimiento que involucra la verdadera historia de la humanidad. Las alusiones a ese misterioso “archivo” nos recordaban las presuntas tablas metálicas que viera Moricz en su incursión en la Cueva de los Tayos. Como fuere, nuestro objetivo no eran las tablas, sino hacer contacto con los supuestos habitantes de aquel verdadero laberinto de cuevas que involucra buena parte de Ecuador y Perú, y probablemente un gran sector de los Andes sudamericanos.

Nuestra primera parada sería Cuenca, bello enclave serrano de la mitad de mundo que en más de una calle me hizo viajar al Cusco. Es una ciudad rica por sus construcciones de estilo colonial, importantes yacimientos arqueológicos como Tumibamba y, desde luego, teniendo en cuenta el objetivo de nuestro viaje, el lugar donde se ubica la antigua “base de operaciones” del padre Carlo Crespi: La Iglesia María Auxiliadora. Crespi fue -y es- muy querido en el Ecuador. En la plaza que se ubica frente a su antigua iglesia en Cuenca se puede observar una escultura hecha en su nombre, donde se le representa tendiendo el brazo a un niño. Así le recuerdan. Hoy por hoy es considerado un santo. Y es que Crespi fue un hombre por demás especial, aunque sumamente misterioso y esotérico para algunos.

Este planteamiento, aunque excesivo para ciertos investigadores, cobra fuerza al observar el frontis de la mismísima iglesia María Auxiliadora, que muestra claramente símbolos sacros que en su momento fueron utilizados por la orden del Temple en la vieja Europa (¡!).

Como fuere, actualmente nadie da respuesta alguna sobre el paradero final de las piezas metálicas que Crespi protegía. Piezas que los indios le entregaron y que guardaban una conexión con los extraños objetos de la Cueva de los Tayos.

Planchas de todo tipo y dimensiones que contenían una rica simbología que parecía aludir a diversas culturas del mundo antiguo y, también hay que decirlo, signos desconocidos que por su estructura y complejidad sugerían haber sido grabados por una civilización muy avanzada ajena a nuestro conocimiento histórico. ¿Pero adónde fueron a parar las piezas? El 28 de abril de 1993, nuestros grupos del Ecuador ya se habían topado con este muro de concreto, llegando inclusive a entrevistarse con el Director del Museo del Banco Central de Cuenca, quien, dicho sea de paso, había formado parte de la expedición Ecuatoriano-Británica a la Cueva de los Tayos. El resultado de esta pesquisa fue infructuoso. El Director del banco no sabía casi nada de las piezas.

El día 6 abandonamos Cuenca con mas preguntas que respuestas sobre Crespi y las presuntas piezas que los indios le habrían dado. Nuestro destino esa tarde era la localidad selvática de Méndez. Nuestro viaje a la Cueva de los Tayos se iniciaba.

A través de un Bus cubriríamos el tramo Cuenca-Méndez, lugar en donde pasaríamos la noche y, al día siguiente, continuaríamos nuestro viaje hacia el kilómetro 44, donde se ubica Yuquiansa.
 
El día 7 hicimos ese trayecto, tomando en la madrugada un destartalado bus que nos condujo en una faena de aquellas a nuestro objetivo, el último que permitía locomoción. El viaje -que no describiré al detalle- fue como alma en pena, teniendo en cuenta que el chofer y el copiloto -además del cobrador y utilero-, con signos de alcohol encima, ponían a todo volumen música de “fiesta” o “jarana”, típica del oriente selvático. No sé cómo, pero nos adaptamos a este vaivén que iba de la mano con  lo accidentado del camino afirmado. Afortunadamente el trayecto duró unas pocas horas, y esa misma tarde ya nos encontrábamos listos para ponernos el equipo al hombro e internarnos en la selva.

Internándonos en la jungla de Coangos

Nuestro plan era llegar a la comunidad shuar de La Unión, a sólo dos horas de camino a través de una trocha ya abierta, que se adentraba entre los cerros de matas verdes que teníamos al otro lado del río Zamora. Contratamos caballos para que llevasen el equipo. El camino estaba rebosante de lodo y teníamos más de una pronunciada pendiente por delante. Nosotros iríamos a pie. Así, sin mayor dificultad, llegamos a La Unión a las 15:00 hs.

 

En aquel pueblo conocimos a Gabriel, un hombre joven de corazón grande, anfitrión de las anteriores expediciones de nuestros grupos de contacto a la Cueva de los Tayos y líder de esta comunidad. Rafael Calderón, el único veterano de nuestro grupo en estos paisajes, de inmediato se acercó a su viejo amigo shuar, que se mostraba risueño y amable. Y nuestra percepción no era equivocada: sin pensarlo dos veces Gabriel nos cedió la escuela de su comunidad para dormir esa noche.

Luego de una animada conversación -en la cual Rafael y yo, en representación “diplomática” del grupo, tuvimos que beber la típica chicha de monte-  acomodamos el equipo sobre el irregular suelo de viejos tablones de madera que, al menos, le daban a la escuela una categoría de “Hotel”, más aún teniendo en cuenta el lugar donde nos hallábamos metidos. Toda una bendición.

A mitad de todo esto, la gente de la comunidad nos comentaba que a dos horas de allí se encontraba otra caverna, aún más profunda en su chimenea principal (75 m.) que la propia Cueva de los Tayos.


Los shuar la denominan “Mejech”, que en su dialecto significa “Planta de Guineo”. Sostenían que varios espeleólogos del extranjero la habían explorado, comprobando que pasaba por debajo del río Zamorapara unirse a través de otro pasillo intraterrestre al sistema de túneles de la Cueva de los Tayos de Coangos. Por lo estrecho de los túneles, los exploradores sólo han recorrido 1.300 metros.

La existencia de esta cueva nos movilizó. Dos años atrás Rafael había recibido un mensaje de los Guías extraterrestres en donde le hablaban de un punto especial que involucraba “La Unión” y “La Esperanza”. Lo interesante es que en aquel entonces no conocíamos la existencia de estas comunidades en el oriente ecuatoriano. En agosto del 2000, partiendo de esta “coordenada”, se visitó el sector donde se encuentra la comunidad de “La Esperanza”, hallando en sus cercanías una roca con extraños símbolos -como su “gemela” la piedra de Chiviasa, también próxima a la Cueva de los Tayos- y, más intrigante aún, reconociendo en la piedra de la Esperanza símbolos como los que se aprecian en el muro de Pusharo en la ruta a Paititi en Perú (?).

Personalmente, siempre tuve la sensación de que los ideogramas del muro de Pusharo no eran exactamente un tipo de “escritura”, sino un mapa del reino subterráneo. Esta sensación se transformaría en una conclusión inevitable al ver entrar físicamente a Alcir en el mismísimo muro aquel inolvidable 11 de agosto del 2000. El ingrediente de peso a todo este enigma de los petroglifos -una constante en lugares donde se hallan Retiros Interiores de la Hermandad Blanca- la daría el propio Moricz, al referirse a la piedra de la Esperanza como un mapa del laberinto intraterreno de los Tayos.

Todo esto nos indicaba que debíamos conectar el otro punto citado por nuestros mensajes en La Unión. No podía ser otra cosa que la mencionada caverna.

Acordamos partir al día siguiente, jueves 8 de agosto, fecha nada casual, ya que en diversas meditaciones previas a la expedición percibíamos que sería uno de los días “clave”. Recordaba también, que durante un taller de percepción extrasensorial que dicté en el Hotel Savoy de Quito, una semana antes de embarcarnos en esta aventura, Daysi García recibió un mensaje mental en donde se afirmaba que el “día 8” sería importante. Que viviríamos algo clave. Como fuese, tendríamos que esperar al final de la expedición para ver hasta qué punto el día 8 de agosto podría ser tan significativo.

Así, entre tertulias, bromas y picaduras de mosquitos -superando ampliamente los viajes a Paititi-, cayó la noche.

Mientras acomodaba la bolsa de dormir en el suelo -no sin antes haber puesto un pequeño colchón inflable; la experiencia enseña- sentí una necesidad imperiosa de salir fuera de la escuela. Esta sensación ya la conocía. Los hermanos mayores se hallaban cerca.

Sin mayor titubeo salí de nuestro refugio y me entregué a la noche fresca y al espectáculo de estrellas que nos cubría con complicidad. Entonces una intensa luz se “encendió” en el firmamento, como un flash de fotografía, pero concentrado.

-Sí, estamos aquí... -escuché en mi mente la “voz” de Antarel, como si llegara de las mismísimas estrellas que contemplaba.

-¡Richard! -Hans Baumann, que salía también a ver el cielo, me interrumpía, quizá intuyendo algo. ¿Qué estás haciendo afuera?

-Conversando con los hermanos mayores -contesté en son de broma.

            -Veamos -se expresaba con naturalidad mi inseparable compañero de aventuras (hoy radicado en Madrid como analista de sistemas), mientras dejaba a sus espaldas el verdadero desastre de ropa tirada por cualquier lado y una bolsa de dormir aplastada como un acordeón. ¡Voy a pedirles una confirmación de apoyo al grupo! –dijo seguro.

Decidido, Hans miró al cielo concentrado en la idea...  Y la respuesta fue inmediata.

-Allí está tu respuesta… -Le decía contento a Hans.

Dos objetos luminosos, volando a gran altura, se cruzaron sobre la comunidad de La Unión, en una maniobra maravillosa que no dejaba duda alguna...

Al comprobar la evidente cercanía de los hermanos mayores, convenimos en intentar en grupo un contacto mental con ellos. El resultado: tres claros mensajes telepáticos en simultáneo que coincidían, y en donde nos confirmaban una estadía de tres noches en el mundo intraterrestre. Aunque visitaríamos la caverna de La Unión, los Guías señalaban nuestro descenso por la cueva conocida de Coangos, sosteniendo que las “otras rutas” o “entradas alternas” que habíamos venido sintiendo, las hallaríamos dentro del propio sistema de túneles, más que fuera de ellos:

“Existen diversas entradas que conectan con el mundo de los habitantes intraterrenos. Sepan relacionar los datos que los lugareños puedan revelarles. Pero siempre deberán ingresar por la entrada conocida. Las otras entradas de las cuales les hablamos, y que deberá cambiar el curso de vuestras anteriores experiencias en la Cueva de los Tayos, se encuentran dentro del propio sistema de túneles y no fuera, así como dentro de ustedes mismos hallarán nuevas pautas que ignoraban existían”.

Otro de los mensajes hablaba de una “máquina” que habría sido dejada en el mundo intraterrestre, de función aún desconocida y que podríamos develar en nuestra incursión al reino subterráneo. Los hermanos mayores hacían hincapié en no apurarnos por llegar, nos sugerían marchar con calma, observando y sintiendo todo, ya que el trabajo al interior de los Tayos requería de nosotros la máxima preparación. Incluso, se nos advertía que en las cuevas se daría un encuentro físico...

Los extraterrestres también citaron una presunta base en las cercanías de la Cueva de los Tayos, y dieron algunas pistas sobre los esquivos habitantes del intramundo:

“En una zona secreta de la Cordillera del Cóndor poseemos una base que observa y protege las entradas al mundo subterráneo de los antiguos. Ellos estuvieron antes que nosotros. Aquel sistema de túneles, fue también morada de diversas criaturas y civilizaciones en tiempos más recientes. Sin embargo, lo que aparentemente abandonado se muestra, podría ocultar la presencia real y luminosa de aquellos guardianes que se encuentran más allá de cualquier cálculo humano. Ellos forman parte de la Hermandad Blanca, pero es diferente a lo que hasta hoy habían conocido”.
           
Nimer Obregón –Ingeniero de Lima y hoy radicado en Guayaquil- en medio de todo esto, nos comentaría contento cómo durante la recepción de los mensajes sintió abrir los ojos, descubriendo una nave estacionada en el cielo. Nos comentó que la pudo observar por el pequeño espacio que se hallaba entre el techo de calamina y la vieja pared de tablones. Él llegó a hacer señales al objeto con su pequeña linterna de fotones, a lo cual la supuesta nave respondió encendiendo su estructura más de una vez…

Era el primer acercamiento concreto de los Guías extraterrestres en nuestra expedición a la Cueva de los Tayos. Y no sería el último...

Investigando los alrededores

La mañana del día 8 mostraba un Sol radiante. Esperábamos que esta bendición pudiese secar el camino a la cueva de La Unión; por la noche una lluvia de aquellas nos sorprendió -sobre todo a quienes dormían bajo las goteras del rudimentario techo de la escuela-, y seguro que más de uno se imaginó el trayecto fangoso que nos esperaba. Penosamente, la soleada mañana de La Unión no conspiró a favor nuestro, al menos como lo esperábamos, ya que debimos enfrentarnos a un sendero traicionero donde, muchas veces, el lodo nos hacía perder el equilibrio. Pero esto sería un chiste con lo que nos tocaría asumir más tarde.

Dos horas de intensa caminata en ascenso -con Gabriel a la cabeza- fueron suficientes para llegar a la intimidante boca de la cueva de La Unión. Un verdadero espectáculo…

Casi sin pensar, Daniel y yo nos aproximamos al precipicio que se abre como una garganta de un gigante, permitiendo observar el eventual desplazamiento de murciélagos y de los tayos como si fuese -y desde luego lo es- parte del “show”.

Una vez reunidos, nos aprestamos a realizar una conexión mental con esta entrada ignorada, y ver qué podríamos percibir en ella.

La proyección mental a la cueva fue clarísima. En mi experiencia personal de pronto me vi dentro de una base que según comprendí era de naturaleza extraterrestre, con amplios espacios entre paredes blancas y metálicas que me recordaron mi visita a Celea. Allí observé seres altos y espigados, percibiendo en ellos que eran científicos; observé también objetos esféricos -como si fuesen las típicas caneplas que aparecen en las experiencias- entrando y saliendo por las cuevas que guardaban una secreta conexión con esta base.

Lo más resaltante es que Rafael fue “conducido” a la misma instalación, describiendo los mismos detalles del lugar y los seres que allí se hallaban… Hans, no menos sorprendido, nos comentó que los extraterrestres le habían transmitido durante el trabajo de proyección que “Richard y Rafael estaban siendo llevados a una base que posee la Confederación de Mundos en la amazonía ecuatoriana”. Probablemente se trataba de la misma base que los Guías citaban en los mensajes, ubicándola en un sector oculto bajo la cordillera del Cóndor. Suena increíble, pero así lo vivimos y me atrevo a decir que esta presencia extraterrestre está conectada con el enigma de la Cueva de los Tayos.

Carina Marzullo de Argentina –Profesora de danza clásica en Bariloche, la única mujer en el equipo- nos recordaba que, curiosamente, cerca de un Retiro Interior de importancia se halla una base extraterrestre. Por ejemplo, Paititi guarda conexión con la Base Azul; La Sierra del Roncador con la denominada Base Esmeralda; y ahora, la Cueva de los Tayos, develaba también un centro de operaciones “no humano”. Nada casual teniendo en cuenta que estos tres puntos son el “triángulo clave” que precipitaría la recepción definitiva de los archivos históricos de civilizaciones perdidas.

El día 8 sí que había sido especial... La proyección mental en la boca de aquella entrada física al mundo subterráneo había sido más que contundente…

Una persona ajena a estos temas podría subestimar experiencias “extrasensoriales”, pero como bien dice Edgar Mitchell (ex astronauta de la NASA, capitán del Apolo XIV) estas potencialidades tienen que estudiarse sin prejuicios, pues existe abundante evidencia científica que lo respalda. Los extraterrestres nos enseñaron la “forma” de contactar con ellos a través de enlaces telepáticos, proyecciones mentales y astrales con resultados concretos. Pero ello no quiere decir que las experiencias se desarrollen solo en ese plano. Lo que vivimos el día 8 fue el anticipo de ese encuentro físico que mencionaban los mensajes. Pero no un encuentro extraterrestre, si no con los esquivos habitantes de ese fabuloso reino subterráneo. Más de uno sintió que desde la gran garganta de la Cueva de la Unión “alguien” nos observaba. Esta “presencia” la sentiríamos con más fuerza al descender a ese misterioso laberinto de túneles y permanecer en él tres días, tal y como lo hiciera más de una vez Moricz y el propio Neil Armstrong en la expedición de 1976…

Continuará.


“En la imagen un curioso busto de piedra con un extraño casco, hallado en las selvas del Ecuador; al lado, Moricz examinando bloques perfectamente cortados al interior de los Tayos”.

 


 

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