¿El Santo Grial llegó a la Patagonia? ¿Se encuentra en la mismísima Antártida?
En nuestros anteriores artículos sobre el “Informe Kayona” y “Somuncurá: el desierto que habla” mencionamos ese misterio: la posibilidad de que un importante objeto de poder, probablemente vinculado a la leyenda del Santo Grial, haya llegado a tierras australes e incluso antárticas. ¿Es esto posible? La primera vez que escuché estas teorías fue en la Patagonia. Confieso que me impresionaron. Luego llegaron a mis manos diferentes publicaciones sobre nazis en Argentina y Chile buscando la presunta copa que tuvo Cristo en la última cena en esas frías tierras. Obviamente, me sonó a una locura, sobre todo cuando me mostraron más tarde fotografías de supuestas banderas nazis abandonadas en la Antártida como el mudo testimonio de un intento alemán por hacerse de un objeto que, por razones desconocidas, se hallaba oculto allí. Insisto, era demasiado alucinante como para tomarse en serio la historia. Sin embargo, una serie de experiencias personales, viajes a la Patagonia, e investigaciones in situ, nos hicieron considerar que había al menos más polvo debajo de la alfombra. Veámoslo a continuación.
La Ciudad de los Césares y la Patagonia misteriosa
Iré al grano: supuestamente, bajo el manto blanco de la Antártida, se encontraría una ciudad perdida atrapada en los hielos. Sería más antigua que cualquier yacimiento arqueológico que el hombre conozca en la Tierra. Sólo a través de la experiencia de contacto extraterrestre conocemos su presunto nombre: Kayona. Esta antigua ciudad habría estado conectada a través de túneles subterráneos con otros enclaves que hoy se encuentran diseminados en el sur de América. Se dice, incluso, que la teósofa Madame Blavastky conocía ese entramado de túneles secretos gracias a un mapa que se le entregó en un viaje que hizo al Perú: Sudamérica estaría atravesada por muchos de estos pasillos y galerías intraterrenas que otrora unían el continente con Antártida. Al parecer, la clave estaría en el extremo sur del mundo. No en vano, Juan Moricz, el famoso explorador de la Cueva de los Tayos en Ecuador, inició sus investigaciones en Tierra del Fuego y la Patagonia argentina. Sin duda, el investigador del mundo subterráneo había rastreado los vestigios de una ciudad perdida de indócil acceso en esas regiones. ¿Qué buscaba Moricz? ¿Qué conexión podría haber con la presunta ciudad oculta de la Antártida?
Luego de varias pesquisas y observaciones en la Patagonia, creemos que la respuesta podría hallarse en la leyenda de “La Ciudad de los Césares”. Lo resumiré en unas pocas líneas.
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Se cuenta que en el Siglo XVI el conquistador Juan Días de Solís escuchó hablar de una “sierra de plata” y de un “famoso Rey Blanco” en algún lugar al sur de la Argentina. Se trataba una vez más del fabuloso tesoro de los incas, tan perseguido por la conquista desde la leyenda de El Dorado en Colombia o la perdida Paititi en Perú. En esta ocasión, se afirmaba que aquel tesoro había sido entregado a los aborígenes del territorio argentino. Pero los indígenas dieron vagas noticias de ese presunto tesoro a los recién llegados españoles. ¿Fue entonces un mal entendido? ¿Una especulación? Analizando las primeras fuentes de este enigma, conocemos que Sebastián Gaboto construye un fuerte sobre el río Carcarañá y remonta el río Paraná esperando encontrar algún informe del grumete Francisco del Puerto sobre esa “ciudad del oro” y su “sierra de plata” que había mencionado la expedición de Solís. |
De regreso, y sin mayores noticias, la historia dice que Gaboto envía al Capitán Francisco César con otros soldados a remontar el río Carcarañá y de allí el actual río Tercero, que nace en las sierras de Calamuchita, con la intención de dar finalmente con la ansiada región de tesoros. Este capitán, según cuenta Ruy Díaz de Guzmán en la “Historia Argentina del Descubrimiento, población y conquista de las Provincias del Río de la Plata” salió en 1526 de Sancti Spiritu ―a orillas del río Paraná― e hizo una entrada a través de unas cordilleras, hallando “gente muy rica en oro y plata” quienes fabricaban ropa muy bien tejida con base en lana de camélidos andinos. ¿Se trataba de algún clan inca que venía se había refugiado allí? Como fuere, cargado de presentes, César regresó al fuerte de donde partió, el cual halló para su sorpresa destruido. Frente a esto, decidió movilizarse tras largo peregrinar hasta el Cusco, la antigua capital del Imperio Inca. Obviamente, hay varias interpretaciones sobre este viaje de César a la antigua ciudad sagrada andina.
Pero no todos los estudiosos aceptan la teoría del “clan inca” en Argentina. Algunos piensan que aquellos extraños pobladores de la ciudad que halló la expedición de Francisco César eran tan sólo náufragos de la expedición de Simón de Alcázaba, que habían sido abandonados en el Estrecho de Magallanes. ¿Y qué hacían con tanto oro y plata? La discusión ha continuado hasta el día de hoy, y se ha perdido en las brumas del tiempo al no hallar datos concretos que permitan correr ese velo de misterio. ¿Por qué la leyenda habla de una ciudad perdida en la Patagonia argentina?
Aquella presunta ciudad encantada, que ha sido y continúa siendo buscada por diversos exploradores, fue conocida por distintos nombres en aquella época, entre ellos: “Ciudad del Rey Blanco”, “Sierra del Plata”, “Ciudad del Oro”, “Trapalanda” y “Lin Lin”. Entre todas sus denominaciones, quedó la de Ciudad de los Césares, en honor a su principal explorador, Francisco de César. Desde entonces, la leyenda ha descrito un paradisíaco paraje patagónico donde se asentaba el enclave secreto, repleto de tesoros antiguos y metales preciosos. Algunas versiones la ubicaban en un claro del bosque, otras en una península, y algunas incluso dicen que se halla en el medio de un gran lago, contando con un puente levadizo como único acceso. Obviamente, los historiadores ven en esta leyenda un intento de la corona española por impulsar la colonización de las tierras de América del Sur, que si bien eran importantes en términos estratégicos, eran muy peligrosas y no resultaban tan atractivas a los ojos de los conquistadores como los territorios del Perú.
La Ciudad de los Césares, sin exageración alguna, llegó a convertirse en un verdadero mito de la conquista, al igual que Paititi o la leyenda de las “Amazonas”, las mujeres guerreras. No olvidemos que el propio refundador de la ciudad de Buenos Aires, Juan de Garay ―el último adelantado del Río de la Plata― quiso también encontrarla, pero la muerte le impidió concretar su sueño. Y es que existen numerosas descripciones de la “Ciudad de los Césares”. Incluso no faltan testigos que bajo juramento, declaran las maravillas que de ella han presenciado. Lo poco que dice la historia es ello. Más datos hallamos en antiguos relatos de indios del sur de Chile y Argentina que hablan de una ciudad mágica en la Patagonia, que es “física” y “espiritual”. Algunos de estos grupos sugieren que el Cerro Corona, en la desértica meseta de Somuncurá, es un “buen lugar” para conectar con ese misterio. ¿Es acaso una “entrada” o “portal” a la mítica Ciudad de los Césares”? Curiosamente, para los investigadores del Grupo Delphos, con el Ingeniero Flugerto Martí a la cabeza, Sumuncurá fue el lugar donde llegaron los caballeros templarios trayendo una sagrada reliquia, en tiempos muy anteriores a Colón.
Esa reliquia sería el Santo Grial, y aquí entramos en un tema aún más enrevesado.
¿El Grial en América del sur?
De primer impacto suena en extremo descabellada esta posibilidad. Pero existen indicios que apuntan a que el cáliz de Cristo podría haber terminado finalmente en América del Sur, concretamente en la Patagonia.
Cuando visitamos por primera vez el castillo de Montsegur, en el sur de Francia ―el antiguo enclave de los Cátaros en el siglo XIII― nos preguntábamos dónde se habría ocultado aquel objeto sagrado que cuatro miembros de aquella comunidad espiritual cristiana pusieron a salvo al escapar de la persecución religiosa y política que les condenó, literalmente, al fuego. Todos fueron quemados al pie del castillo. Se cuenta que quienes huyeron a través de las gargantas de la Frau ―el cañón que se abre a un lado del impresionante castillo de piedra construido en lo alto de un gran risco― pusieron a salvo la copa que Cristo empleó en la Ultima Cena. Si fue así, ¿Qué ocurrió luego con la copa? ¿Por qué es tan importante?
Hagamos un breve resumen de su leyenda: |
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La tradición cristiana recuerda claramente el momento en que el centurión romano Longinos, montado a caballo, empuña su lanza para clavarla en el costado de Jesús, durante el momento cumbre de la crucifixión. De la herida abierta, brotará sangre y agua que José de Arimatea, discípulo secreto de Cristo, recogerá según el relato a los pies del Maestro con la mismísima copa que se utilizó en la Última Cena (no olvidemos que ésta se había celebrado, precisamente, en la casa de José de Arimatea). Luego, se dice que José, para proteger el contenido de la copa, la cubrió con un “plato de plata” o Argentum, y que luego de la resurrección y ascensión de Jesús a los cielos, “en cuerpo y alma”, emprendió un largo viaje con el apóstol Felipe, María Magdalena, Nicodemo, y un grupo de cristianos, llevando con ellos la copa y el plato de plata hasta arribar a lo que actualmente es el sur de Francia ―otros autores hablan de Britania―.
Un detalle poco conocido, es que antes de partir, José habría visitado la Península del Sinaí, donde habría dejado el contenido del hoy llamado Santo Grial ―o “Sangre Real”― a manos de los misteriosos Maestros de la Hermandad Blanca del Horeb. Como sabemos, hace unos 3.000 años Moisés recibió en lo alto de esa montaña las indicaciones para construir la misteriosa Arca de la Alianza, en donde se debería proteger el “Testimonio de la Alianza” como parte de un Plan Divino. ¿Se trataba de la sangre de Cristo? Si nos atenemos a las palabras de Jesús en la Última Cena, cuando precisamente tomando el cáliz pide que “beban de su sangre” puesto que ella simbolizaba la “Nueva Alianza que será derramada para el perdón de los pecados” (Mateo 26:28) es sugerente relacionar el tesoro del Arca perdida con Su sangre, tal como lo sostuvo el reconocido arqueólogo Ron Wyatt. Desde que el Arca de la Alianza desapareció súbitamente del Templo de Salomón en el siglo IX a.C., el depositario sagrado habría permanecido allí, en las entrañas del Sinaí, por siglos y siglos. José de Arimatea, como iniciado en contacto con los Maestros de antiguo, tuvo acceso a este misterio del Sinaí para dejar en el Arca la sangre de Cristo, que debe ser protegida hasta el “fin de los tiempos”, cuando se produzca la segunda venida. Frente a todo esto, es interesante descubrir que el Horeb, al margen de la historia de Moisés, ya era un punto de contacto conocido por los iniciados. Incluso se cuenta que Elías ―el mismo personaje que abandonó el planeta en un “carro de fuego” según la Biblia― pasó un tiempo viviendo en unas “cuevas secretas” en la mismísima montaña; esas cuevas no son otra cosa más que las puertas de ingreso al mundo interno de los Antiguos Guardianes. En un viaje que realizamos al Sinaí, escuchamos de boca de uno de los monjes ortodoxos del Monasterio de Santa Catalina ―que se ubica precisamente en las faldas de la montaña de Moisés― la afirmación de que “ellos sabían que el Arca estaba enterrada bajo las instalaciones de su monasterio”...
Volviendo al relato del Grial, José de Arimatea conservará la copa, ahora vacía, luego de entregar su contenido a los Sabios del mundo interior que depositaron el legado genético de Cristo al interior del Arca de la Alianza, puesto que el depositario sagrado habría sido construido al pie del Sinaí, milenios antes de la muerte de Jesús, para que el “testimonio de la alianza” se mantuviese incólume. Luego, como vimos anteriormente, José de Arimatea proseguirá su viaje con la copa al sur de Francia para mantenerla a salvo.
El hecho que se halle vacía, sin la sangre del Maestro, no quiere decir que la copa como tal carece de importancia alguna. En verdad, la copa no es de oro ni de madera, sino de piedra, posiblemente hecha de un betilo o meteorito. O quizá ―¿por qué no?― hecha de una esmeralda o piedra de poder color verde brillante. Por ello las viejas leyendas del Santo Grial afirman que “cayó una esmeralda del cielo” y de ella se hizo una copa. Como fuere, sabemos que habría sido la misma copa con la cual Melquisedec bendijo a Abram ―llamado después Abraham―, como si el sagrado recipiente hubiese estado pasando, de mano en mano, durante tiempos inmemoriales, hasta llegar a Jesús cuando era sólo un bebé gracias a la visita de los misteriosos “Reyes Magos”. Su trascendencia, no obstante, estriba en que sin la copa, nadie puede acceder al Arca de la Alianza. Por ello José de Arimatea separó la copa ―la llave― de su contenido ―el ingreso a otra realidad― que actualmente se halla intacta en el interior del Arca sagrada. Aquí debemos decir que la sangre de Cristo contiene importante información genética y memoria de luz ¾por un fenómeno de impregnación durante Su vida¾ de cómo un ser humano pudo alcanzar la “Consciencia de la Esencia” a través de la manifestación suprema del amor: el perdón consciente. Por ello, la Sangre Real constituye el tesoro espiritual más trascendente que protege la Hermandad Blanca en la Tierra.
Bien, ésta es parte de la información que encerraría el Grial. Pero es sólo una interpretación, muy esotérica desde luego, y que aún no conecta con el misterio de la Antártida y la Patagonia. Pero sigamos.
Desde el arribo del Grial al viejo continente, la copa de Cristo habría estado en manos de diferentes custodios. Algunos sugieren que Parsifal, dicho sea de paso descendiente directo del propio José de Arimatea, protegió la copa de Cristo. Lo cierto es que los Caballeros Templarios conocían de ella, y sabían que los Cátaros de Montsegur la poseían. Posiblemente esta situación agudizó la persecución religiosa a la que fueron sometidos hasta pagar con la muerte. Se piensa que al ver que en la vieja Europa el Grial no estaba seguro, los Templarios, que mantenían como ha demostrado la historia una importante vinculación con el catarismo, decidieron llevar el objeto sagrado a América del Sur, adelantándose varias centurias al viaje de Colón. ¿Fueron ellos los hombres barbados de América? No lo sabemos. Como tampoco sabemos si el objeto que custodiaban los Cátaros era realmente el Santo Grial, que llegó a sus manos desde los tiempos del viaje de José de Arimatea. Tampoco sabemos si fue de otra forma como los Templarios accedieron a la mítica Copa de Cristo. Incluso, existe más de un escritor que pone en duda que la antigua orden del Temple haya puesto sus manos en la sagrada reliquia.
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Como fuese, sí hay indicios de una visita templaria en América del Sur: El hallazgo de una presunta piedra con símbolos de la vieja orden de caballeros ―una roca con una cruz simétrica tallada en profundidad―, en abril de 1998 en plena patagonia argentina, invita a pensar que en los antefuertes de los Andes y en la zona central patagónica se estableció un grupo de características indoeuropeas que podría explicar, inclusive, la existencia de la mismísima Ciudad de los Césares. La noticia del descubrimiento de la piedra templaria llegó a nosotros a través de un artículo basado en la ponencia del Ing. Fernando M. Fluguerto Martí en el Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires. Su investigación era acorde a la pista que nosotros veníamos olfateando en la patagonia. Según Flugerto Martí, apoyándose en los relatos que esgrimen antiguos textos medievales, una embarcación europea habría llegado al golfo de San Matías, al sur de la Argentina, con 33 hombres que llevaban túnicas blancas y una cruz roja en medio del pecho. |
Ellos poseían el Grial, según Martí… ¿Templarios? Al menos bajo esta sospechosa descripción se les menciona en la obra medieval “Li hauz livres du Graal”, de autor anónimo pero traducida al francés antiguo por la investigadora Victoria Cirlot. Frente a todo esto es de preguntarse si fue en Argentina donde se estableció el Grial tras su larga travesía desde Europa. Como haya sido: ¿no es curioso que el nombre latín del plato de plata del Grial, “Argentum”, es similar a “Argentina”, cuyo nombre deriva, precisamente, del Río de la Plata que discurre por su geografía? Debemos decir que no hay ninguna prueba concreta que termine de confirmar el arribo del Grial a América del Sur. Así como tampoco existen pruebas determinantes de que ello no pueda ser factible. En consecuencia, el misterio se mantiene, y posiblemente la Ciudad de los Césares sea la clave de este misterio que nos podría llevar a una revelación extraordinaria.
Las últimas investigaciones señalan que aquel misterioso grupo de navegantes que arribaron en el Golfo de San Matías penetraron la Patagonia abandonando la costa hasta llegar a Valcheta ―poblado donde se halló la presunta piedra templaria―, el pueblo de partida para dirigirse, curiosamente, al corazón de la meseta de Somuncurá, el lugar que los indígenas relacionan con la leyenda de la Ciudad de los Césares. ¿La Ciudad de los Césares era entonces un remanente de caballeros templarios? ¿El Tesoro del cual se hablaba no era inca sino reliquias de la antigua orden? ¿Y cómo explicar los túneles y demás leyendas de ciudades intraterrenas? ¿O será acaso que los Templarios venían a un lugar concreto de la Patagonia porque sabían lo que iban a encontrar? No tenemos aún ninguna respuesta. |
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Kayona: un secreto bajo los hielos antárticos
La Tierra no guardó siempre la configuración actual de sus continentes y su conocido eje de 23.5 grados en relación a la eclíptica. Como sabemos, hubo muchos cambios en su historia, algunos de ellos tan violentos que llegaron a convertir viejas zonas tropicales en mantos de perpetuos hielos. En la actualidad, por ejemplo, es un hecho harto conocido que el desierto de Sahara era un mar y que en el Polo Sur no había hielo. En todo el mundo se produjo un drástico cambio climático que no fue lento, tal como afirma la ciencia, sino relativamente rápido ¾quizá súbito¾ como consecuencia del llamado “impacto-diluvio”.
Restos fósiles de palmeras en Canadá, árboles con sus frutos intactos y bosques completos congelados bajo la sólida capa de hielo del Polo Sur, son ejemplos de un grave y posiblemente “sorpresivo” cambio en la historia terrestre. Este cambio, habría sido producido por el impacto de uno o más cuerpos celestes en nuestro planeta, como ocurrió en la Era Secundaria. La última noticia de choques cósmicos en la Tierra, nos remonta a sólo unos 12.000/13.000 años atrás, cuando dos fragmentos de un planeta desaparecido entre las órbitas de Marte y Júpiter ¾donde actualmente se encuentra el famoso cinturón de asteroides¾ se precipitaron a nuestro planeta, generando con ello una suerte de “diluvio universal”, que bien podría explicar la famosa destrucción de la Atlántida en “un solo día”, tal como afirmara Platón en sus Diálogos. Otras teorías hablan también de un “cambio climático extremo” debido a cambios importantes en el Sol por a una radiación del centro galáctico que ocurre cíclicamente. Según el astrofísico Paul Laviolette, ello sucedió hace 13.000 años y podría repetirse en 2012, situación que evoca el fantasma de las mal entendidas profecías mayas. Sea lo que haya sucedido aquel gran cambio climático supuso el fin de la Era de los Mamuts, por la súbita congelación de Siberia y las zonas occidentales de Alaska en el hemisferio norte, así como de la Antártida, el tema que ahora nos ocupa, en el hemisferio sur. Por ejemplo, el historiador griego Heródoto (490-425 a.C.) refiere en el segundo libro de su Historia conversaciones que mantuvo con sacerdotes egipcios durante su visita al país del Nilo. Los sacerdotes le informaron sobre 341 generaciones de reyes y le contaron que en “ese tiempo” el Sol había salido cuatro veces por el lado equivocado... Dos veces el Sol describió en el cielo la trayectoria que no es habitual y otras dos veces se puso donde ahora sale (?). En los siglos precedentes, este escrito de Heródoto ha sido objeto de gran controversia. Si se presupone una rotación y una órbita invariable de la Tierra a lo largo de toda su historia, algunos escritos antiguos no pueden interpretarse. ¿Vivimos un cambio físico de eje en tiempos más cercanos a lo que suponíamos? Los textos egipcios afirman de manera repetida y contundente que “el sur se convierte en el norte y que la Tierra se inclina hacia adelante” o que las estrellas ya no vivían en el oeste sino que aparecían en el este. Asimismo, los egipcios conocían varios nombres para el Sol oriental y el Sol occidental. Insisto: ¿Son estas descripciones sólo indicios de un intenso movimiento rotatorio a modo de peonza o describen incluso las múltiples inclinaciones que sufrió la Tierra?
Bajo los hielos de la Antártida reposa la ciudad perdida de “Kayona” o “Kaoma”, congelada súbitamente por estos violentos cambios planetarios que acabamos de observar. Hasta donde sabemos, fue la civilización más avanzada de la Tierra, superando largamente a los propios sumerios, egipcios, mayas e incas. Aunque no hay mayores referencias a esta ciudad secreta, conocemos de ella gracias a los mensajes de los Maestros del mundo subterráneo, que nos dicen que se halla vinculada al misterio de la Ciudad de los Césares e inclusive a la posible presencia del Grial. Este enigma supremo fue suficiente para motivar a Hitler a enviar ambiciosas expediciones en busca de esos secretos. ¿Por qué la Alemania Nazi buscaba el Grial en America del Sur y, concretamente, en la Antártida? ¿Sabían acaso de Kayona?
Es curioso que todo objeto sagrado que involucrase la sangre de Cristo haya querido ser alcanzado por el Partido Nacional Socialista bajo las órdenes de Hitler. De ello no hay duda: El Arca de la Alianza, la Lanza de Longinos y el propio Grial fueron perseguidos por años, aun después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Se dice que a partir de 1936 la Alemania Nazi desarrolló inclusive prototipos de aeronaves que desafiaban las leyes de gravedad, vehículos llamados “Hannebu” (prototipos I y II respectivamente), y que habrían sido ocultos en una base secreta en la mismísima Antártida en 1944, poco antes de culminar la conflagración mundial. Esta base secreta habría sido llamada Berlín II o sencillamente “La Nueva Berlín”. Supuestamente, Hitler murió en realidad allí. Como para pensar en todo esto, en 1947 la Marina de los EE.UU. lanza la operación militar más grande de aquellos tiempos en la Antártida bajo el comando del Almirante Richard E. Byrd. La operación militar, denominada “High Jump” (Gran Salto) incluyó 13 naves, 1 portaviones, 2 hidroaviones, 6 transportes bimotores y más de 4.000 hombres. La única declaración oficial sobre el propósito de este extraño despliegue de fuerzas era la necesidad de probar “nuevo material bélico bajo condiciones antárticas extremas”. ¿Iban en busca de los últimos bastiones Nazis? Es difícil precisar ante qué nos encontramos. Pero no falta mucho para revelar ese misterio…
Como vimos anteriormente, los mayas habían profetizado que fruto de una mayor actividad de nuestro Sol ―debido a una emanación de energía proveniente del centro galáctico― el campo geomagnético de la Tierra se vería alterado. Ello generará diversos cambios climáticos que terminarían descongelando en cierta medida el Polo Sur. Al ocurrir esto, los hielos de la Antártida revelarían Kayona y el secreto que protege. Pero ello no sucederá antes que la humanidad tome consciencia de su unión con el cosmos.
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La conexión de la Antártida con el mundo subterráneo es estrecha. No nos olvidemos que el continente antártico estaría formado por dos grandes masas de tierra, la primera de las cuales comprende la Península Antártica y las tierras altas de Ellsworth y la de Byrd, como prolongación de los Andes de América del Sur, separada del resto por un estrecho brazo acuático que uniría el Mar de Wedell con el de Ross. Es decir, los túneles de los Andes podrían haber sido acondicionados para conectar con la Antártida a través de los fondos oceánicos. No es imposible para aquellos superhombres, que desde tiempos antiguos habitan aquel mundo subterráneo que en un futuro se revelaía abiertamente al mundo. ¿El Grial fue trasladado desde la “Ciudad de los Césares” a un templo subterráneo en Kayona gracias a esos túneles? Penosamente, más pistas no tenemos. |
No obstante, en nuestra experiencia de contacto extraterrestre sí recibimos algunos detalles sobre Kayona y su relación con una piedra verde brillante que, en algún momento de su antigua historia, estuvo allí, custodiada en un templo. Esa piedra sería uno de los tres fragmentos de la mítica “piedra de chintamani”, un objeto de poder que llegó a nuestro planeta para erguirse sobre la primera y gran stupa de Shambhala en el desierto de Gobi. De acuerdo a viejas leyendas budistas, esa piedra sobrenatural fue traída a nuestro mundo por el caballo blanco Lung Ta, “el mensajero de los dioses que cruza el Universo”, y que procedente de Orión vino a nuestro mundo con una misión.
Aquella piedra de poder, se dice, habría desprendido tres objetos que en ciertos momentos de la historia humana recorren el mundo y captan el aprendizaje humano transmitiéndolo a la “Piedra Madre” que vino de Orión. Incluso, Nicolás Roerich, el pintor y explorador ruso que investigó el Altai, Gobi y los misterios de la piedra, la representó en una de sus esotéricas pinturas describiéndola como un circulo que contenía tres pequeñas esferas en su interior ―los fragmentos que desprendió―. Más allá de la interpretación oficial de la “Bandera de la Paz Roerich”, que habla de la unión de la ciencia, arte y filosofía, esa pintura esconde la real naturaleza de la “Piedra de Chintamani”.
Charlando tiempo atrás en un café de Madrid con Enrique de Vicente, el reconocido investigador y escritor español, director de la Revista Año/Cero, veíamos que manejábamos la misma información sobre esos tres fragmentos que se desprendían del objeto principal. Es posible que alguno de esos objetos haya sido el mismísimo Santo Grial, o la Umiña de los Incas ―una esmeralda con facultades sobrenaturales según la tradición andina―. Nosotros tenemos información que vincula a esa piedra con Kayona y varios lugares del mundo. Tampoco es desconocido que Hitler no sólo perseguía el Grial, sino a su energía, una radiación verde brillante ―que algunos hoy en día denominan Fuerza Vrill― que otorgaba grandes poderes. Teniendo en cuenta la posibilidad de que el Grial, más allá de las interpretaciones esotéricas que lo vinculan con María Magdalena o la Matriz Femenina, haya sido una piedra verde brillante, tal y como reza la obra medieval de Wolfram von Eschenbach, que afirma que “cayó” a la Tierra luego de una “batalla de ángeles” en el Cielo, ¿esto explicaría por qué la Alemania Nazi fue en busca de ese objeto en la Antártida? De lo que no hay duda es que los nazis buscaron el Grial en lugares que hoy en día son vinculados con la misteriosa Hermandad Blanca, desde Montserrat en Barcelona a Capilla del Monte en Argentina, por citar solo dos ejemplos conocidos. Y es que aquellos seres de blanco del mundo intraterrestre serían los guardianes de los objetos sagrados de la historia humana y cósmica. |
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La Antártida, al igual que el desierto de Gobi que exploró Roerich ―y en donde nosotros tuvimos una extraordinaria experiencia en agosto de 2007― podrían tener la respuesta a estos enigmas. En el caso del extremo sur del mundo, como decía, cuando los hielos abran paso a la sorprendente orografía de Antártida, a sus bosques congelados, y a las ruinas de una ciudad antigua que pondrá en jaque a la arqueología ortodoxa, empezaremos a comprender que viejas leyendas y antiguas tradiciones histéricas, escondían una poderosa como inquietante verdad. El tiempo lo dirá, como siempre.
Ricardo González
Nota: Mayor información en los artículos: “Informe Kayona”, “Sumuncura: el desierto que habla”, “El Código Roerich” y “El Secreto de Gobi”, todos publicados en este sitio web.
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