En 2002, en Lima,  publiqué un libro muy especial que, literalmente, “bautizó” a este sitio web: “El Legado Cósmico”.  Penosamente hoy está agotado. Pero pienso reeditarlo de forma independiente a corto plazo, ya que en él se encuentran distintas narraciones de importantes experiencias de contacto que vivimos en Perú. No soy de leer los libros que he escrito. Pero traje conmigo, a Estados Unidos, una vieja copia de esa publicación para revisarla antes de su nuevo nacimiento. En el avión, una gran cantidad de recuerdos me asaltaron al leer el primer capítulo de ese libro. Los tengo vivamente en la memoria, desde luego. Pero al leer nuevamente mi pequeño relato de aquel encuentro en Chilca, que precedió la trascendental experiencia en Celea —que publiqué también en este sitio web— recordé lo importante que había significado ese “primer paso” en el desierto peruano. Creo que vale la pena recordarlo, sobre todo para quienes no pudieron de hacerse con una copia de “El Legado Cósmico”.

Muchos piensan que tener un contacto directo con los extraterrestres es cosa sencilla. Pero se equivocan. Más allá de lo maravillosa que pueda ser esa experiencia, detrás existe todo un proceso para concretarla. Entre otras cosas, podría hacer hincapié en la preparación del contactado. Un detalle que siempre trae sus vaivenes —y lo digo por conocimiento y errores que cometí— . Cuando alguien lee una experiencia como la de Celea, piensa que uno fue al desierto, aparecieron los extraterrestres y el contacto se dio con la misma naturalidad como cuando uno toma el tren o el metro. Y obviamente no es así. Antes de lograr la experiencia de subir físicamente a una de sus naves, en febrero de 2001, hubo tres “intentos” fallidos: uno en diciembre de 2000, y el que voy a compartir a continuación, en agosto de 1997. Incluiré ese breve relato en todo su contexto. Espero que el lector sensible y atento pueda comprender el aspecto de fondo que se halla detrás de los “encuentros cercanos”.

En el desierto


El desierto de Chilca nunca dejó de impresionarme. Su intenso silencio y energía tan particular conmueven a cualquiera. Es como si este desolador y a la vez maravilloso paraje de la costa peruana hubiese sido marcado de hace mucho —de ello no hay duda— para ser escenario de grandes experiencias1. Como en tantas ocasiones me encontraba allí, caminando en la oscuridad de la noche al amparo de las estrellas; pero en esta oportunidad me hallaba ante una situación diferente: mis pasos me conducían hacia una determinada zona de aquel lienzo aluviónico donde se multiplicaban fuertes fogonazos de luz plateada. Tomé ello como un claro indicio de la cercanía de los Guías extraterrestres. Eran las 9:30 p.m. del 30 de agosto de 1997.

Desde el lugar donde me hallaba, podía observar a duras penas la tienda de campaña y las siluetas de Fiorella Pita y Blanca Valdivia, quienes me acompañaron al desierto para concretar una invitación que, hacía 33 días, recibí de los Guías para afrontar un supuesto contacto físico en Chilca, cuando entonces me encontraba de viaje en Bolivia indagando algunos datos que me eran necesarios para la publicación de mi primer libro (Los Maestros del Paititi). Tengo que reconocer, que no hice mayor caso a la comunicación que hablaba del encuentro físico, y todo esto debido a que en aquel entonces me hallaba confundido por una reciente salida de contacto, donde se invitó a la prensa internacional para que sea testigo de un avistamiento ovni programado. El hecho que me inquietaba fue que la esperada observación ovni ¾según las primeras apreciaciones¾ nunca ocurrió.

Playa Paraíso y la Invitación a la Prensa

La salida a terreno para el contacto se realizó en un lugar llamado “Playa Paraíso”, a 130 Km. al norte de Lima, un paraje de la costa que en el pasado ya había sido escenario de experiencias ovni. Para muchos, esta salida fue una desconcertante prueba por cuanto no se llegaba a comprender por qué los Guías extraterrestres no se manifestaron en experiencias contundentes y palpables, tal y como se podía leer en las comunicaciones alusivas a esta multitudinaria reunión que convocó a más de 300 personas.

En aquel momento, mi cuestionamiento era fuerte. Quizá por un sentido de responsabilidad, ya que me hallaba entre las personas que a través de las comunicaciones psicográficas había recibido información y “pautas precisas” para desarrollar este encuentro. Un encuentro que, por un exceso de entusiasmo, fue desmesuradamente publicitado. ¿Acaso la presencia de tanta gente afectó el avistamiento programado? En ello pensaba. Y, al analizar todo esto, cuestioné también la invitación para el contacto en Chilca. Una y otra vez me decía: si los mensajes que recibí —como otros “antenas”o “canales” —en relación a la salida de contacto en Playa Paraíso había sido sólo ideas mías, ¿cómo podía esperar un encuentro directo que, dicho sea de paso, no marcaba un objetivo específico? ¿Dónde había quedado mi objetividad?

Al menos así me encontraba en aquellas fechas, sin ninguna convicción de vivir un encuentro cercano.

Con respecto a la salida internacional en Playa Paraíso, debo señalar que meses más tarde pude comprender lo que ocurrió, gracias al diálogo y confrontación de ideas con los participantes del mismo.

El panorama, ahora, lo veo más claro.

Analizando detenidamente lo ocurrido, observamos que fue un error nuestro alentar demasiada expectativa entre los periodistas frente a este nuevo avistamiento programado. Además, muchos de los asistentes no cumplían con las exigencias de un evento de esta naturaleza. Se contaban por doquier curiosos, algunos participantes de nuestros grupos de contacto que sólo aparecen en “las grandes reuniones” —y aún más si éstas son garantía de posibles experiencias— y un sector de la prensa con muchas expectativas y pocas ganas de colaborar —aunque debo mencionar que algunos periodistas no sólo fueron íntegros en su comportamiento, sino que pudieron vivir intensas experiencias, como Cecilia Novoa de Ecuador y Rosario Abrahams de Uruguay, quizá porque ambas están muy relacionadas con nuestros grupos de contacto—. Ahora bien, a pesar de todo ese desorden, sí se registraron manifestaciones importantes de los extraterrestres, pero no para el colectivo, sino para grupos pequeños que estuvieron trabajando hasta altas horas de la noche. Incluso, Víctor Morales, miembro de uno de los grupos de contacto de Lima, llegó a fotografiar hasta en dos ocasiones un objeto que se encontraba encima de un cerro frente al campamento.

Quizá no estuvimos atentos y nos pre-ocupamos demasiado por detalles que a nosotros no nos correspondían, sino a los propios mecanismos de la misión2. Una enseñanza que siempre debemos mantener presente. A veces, tiene que transcurrir el tiempo para que la comprensión llegue y nos motive a reflexionar sobre nuestra actitud. Ciertamente los Guías estuvieron allí, aunque no de la forma como los esperábamos. También hay que decir que cuando esas cosas suceden de forma “distinta” es porque algo no fue bien enfocado por nosotros. Los extraterrestres, y de esto estoy seguro, harán todo lo posible por no fallarnos, pues está en juego un mensaje trascendente y la credibilidad de una experiencia de contacto que ha sido verificada muchas veces. No obstante, la forma que eligen mostrarse, o sus “retrasos”, podrían ser señal de que algo no estamos haciendo bien.

El mensaje de un contacto anunciado

Me hallaba de pie en medio del desierto de Chilca. Estático. Reflexivo. Contemplando cómo aquellos intensos fogonazos que proyectaban los Guías me invitaban a avanzar; entretanto, mi mente seguía analizando cómo terminé metido en esta situación.

Recordaba que a pesar de no hallarme muy convencido de la invitación para el contacto físico, decidí asistir a esta “cita” con los Hermanos Mayores, sin ninguna expectativa y desechando, desde luego, toda posibilidad de una experiencia. Quizá vine sólo por cumplir, y quiero ser honesto en ello. Más bien, eran Fiorella y Blanca quienes se mostraban entusiastas y perceptivas. Nada nos hizo presagiar que estábamos a puertas de una gran vivencia.

Habíamos recorrido en una hora y media, vía Panamericana Sur, los 63 Km. que separan Chilca de la ciudad de Lima, y alrededor de las 4:00 p.m. ya nos hallábamos rumbo al desierto, el cual se ubica a unos 15 Km. hacia el este montañoso. En verdad, ni bien llegamos al lugar de campamento, sentimos fuertes presencias, como si alguien nos estuviese observando. Aún no había caído la noche cuando empezaron los primeros avistamientos. Los tres pudimos observar —sin ser conscientes de lo que ocurriría después— cómo las naves se desplazaban una y otra vez sobre la zona que habíamos elegido para acampar. Luego siguieron unos poderosos fogonazos de luz plateada que iluminaban el pedregoso suelo del desierto, y después pudimos observar el espectacular acercamiento de numerosas caneplas (pequeñas sondas monitorizadas a distancia desde una nave) que se movían a ras del suelo. Nunca había visto tantas manifestaciones en una sola noche. Debo reconocer, que la presencia que allí se dejó sentir, nos produjo una especie de temor, pero no a “algo” negativo, sino una inequívoca sensación que procuraba hacernos saber que no estábamos solos...

En ese instante recordé para qué nos hallábamos allí. Sorprendido, retiré de mi mochila el mensaje que hablaba de la invitación para el contacto físico, y ni bien tuve el olvidado papel en la mano ¾debo confesar con un evidente temblor en mis dedos­¾, leí asombrado la hora fijada para la supuesta experiencia: las 10:00 p.m. Según mi reloj, en aquel momento eran casi las 9:30 p.m.¡No podía creer que estaba a puertas de concretar la invitación! En vista de las circunstancias, procuré ordenarme ante lo que yo consideraba todavía, algo “improbable”, y enseguida me alejé de la zona donde levantamos la tienda de campaña —tal como lo pedían los Guías en el mensaje—, para buscar el lugar donde, según intuía, podría darse el contacto anunciado. Tenía miedo. No me había preparado y me sentía muy mal por dudar de la invitación. Caminé casi sin rumbo, tratando de imponer mi intuición y sentido común para actuar correctamente, cuando, de improviso, aparecieron unos poderosos fogonazos que sin lugar a dudas, me marcaban un sector del desierto. Cada diez metros que avanzaba tenía que detenerme para tomar respiraciones lentas y profundas. Me hallaba muy nervioso y no lo podía aceptar. Ingenuamente, creía que a raíz del contacto que afronté con Alcir en septiembre de 1996 durante la expedición al Paititi3, todo sería más fácil si se diese un nuevo encuentro físico...

Me equivoqué.

El hecho de haber vivido una experiencia intensa, no es garantía alguna para lo que pudiese ocurrir en el futuro. Y es que siempre debe primar el mantener una buena preparación.  Ese sería el gran mensaje de aquella noche. Y aquí me hallaba, detenido en medio del desierto.

¡Plaaaanck! Un golpe metálico me sacó de inmediato de mis reflexiones, dejándome de una pieza en medio de la oscuridad y la soledad del desierto de Chilca.

¡Plaanck!, ¡Plaaaanck!, seguían sonando los golpes, acompasados, y sin lugar a dudas venían en mi dirección...

El corazón se me trepó a la garganta cuando observé a una “persona” altísima acercarse hacia mí, y era efectivamente quien originaba el ruido (?). Según lo que calculo, al llegar a unos 30 metros de donde me encontraba, se detuvo; tuve entonces toda la impresión que este personaje sentía mi desconcierto y por ello no se animó a aproximarse más.

No lo veía claramente por la oscuridad de la noche —por más que intentaba escudriñar su apariencia—; en un momento determinado me dije a mí mismo: “Vamos Richard, te estás imaginando cosas por el miedo... No hay nadie allí...” Y como si el visitante me hubiese escuchado, dejó que un anillo de luz blanca se encendiese en el lugar donde se hallaba de pie, recorriendo su cuerpo de abajo hacia arriba, iluminando esa zona para que lo viera con gran nitidez.

Parecía un hombre joven, de rasgos bellísimos, vestido con un traje plateado que se hallaba bien ceñido a un cuerpo atlético y de hombros un poco desproporcionados. Sólo sus manos y su rostro estaban descubiertos, dejando apreciar una piel blanca, muy limpia. Tenía en verdad una gran estatura. Puedo afirmar que llegaba a medir unos tres metros...

Arte de un Guía Extraterrestre

—¿Quién eres? —hablé en voz alta, intentando manejar la situación.
—Antarel4  —afirmó una voz que encontré hermosa y confiable.
—¿Cuál es el objetivo de la experiencia?, siento que se ha programado algo más para este encuentro —le dije a aquel gigante a quien encontraba familiar y comprensivo.

Como respondiendo a mi pregunta, Antarel levantó lentamente su mano derecha, señalando la zona donde se producían los fogonazos.

Allí, en medio de la neblina, asomó una nave que parecía flotar a unos 40 metros del suelo. Era como una gran “campana” de boca ancha, envuelta en una tenue luz amarillenta. Entonces, Antarel me explicó que venía a mi encuentro para llevarme al interior de ese objeto —se trataba de una nave— ya que allí se desarrollaría la verdadera experiencia. Luego siguió un tenso silencio, producto de mi inseguridad al no saber si podría afrontar con madurez y responsabilidad semejante situación. Y a esto, se sumaba el hecho de que Antarel esperaba una respuesta de mi parte.

Apreté los puños y agaché la cabeza. No me encontraba preparado. Luego de unos instantes más, levanté nuevamente mi vista. Con valor, me dirigí al gigante que se hallaba frente a mí, atento y expectante, para decirle lo que sentía, pidiéndole disculpas a él y a los Guías por mis cuestionamientos. Fui muy sincero al decirle que no podía continuar con el contacto programado.

—Lo más importante  —me contestó el Guía, y a pesar de que escuchaba claramente su “voz”, creo deducir que en verdad me hablaba telepáticamente— es que ahora sabes la importancia de estar realmente preparado. No te sientas mal, comprendemos y respetamos tu decisión. Pero te decimos que regresarás para concretar lo que quedó pendiente. Ve tranquilo, y no comentes esta experiencia hasta que te digamos el momento.

Era increíble escuchar esto. Las palabras de Antarel estaban tan cargadas de amor, que terminaron de conmoverme en aquel instante. Podía sentir con fuerza el cariño que estos seres tienen para con nosotros, y el respeto que guardan ante nuestras decisiones y actitudes. Aquella experiencia fue como hablar con un amigo de siempre. Sin lugar a dudas, nunca podré olvidar esa voz tan clara y suave, que transmitía paz y seguridad. Entonces me despedí y regresé por donde había venido, tropezando una y otra vez con las numerosas piedras que se hallan regadas por el accidentado suelo del desierto. Los fogonazos continuaban, y dos caneplas que inicialmente me escoltaron a la distancia hasta que Antarel apareció, se elevaron a gran velocidad para perderse entre las nubes.

Al llegar al campamento —profundamente emocionado— encontré a Fiorella y Blanca dentro de la tienda de campaña, meditando. Allí les expliqué lo que había ocurrido, y para sorpresa mía, ellas también habían sentido a la distancia la presencia de Antarel, quien incluso les llegó a decir mentalmente que no tuviesen miedo (!). Además, me pareció muy curioso saber que Fiorella pedía en su meditación que la experiencia fuese postergada en el caso de que yo no me encontrase preparado para la misma. Por si esto fuera poco, y para coronar la situación, en el mismo lugar donde yo había visto la nave, se mostró una intensa luz naranja-dorada, concentrada, que se elevó por encima de las crestas de los cerros, alejándose hacia el este con un movimiento propio de una hoja seca mecida por el viento. Los tres vimos la nave marcharse, y fue en ese instante que ya no pude contener las lágrimas.

A partir de ese momento tomé las cosas más en serio, rescatando de esta experiencia una verdadera lección. Ello me hizo comprender que debía prepararme a mayor conciencia, sin creer que lo anteriormente vivido era un aval para futuros compromisos y responsabilidades. Realmente había comprendido, como nunca antes, aquello de que tener un contacto no era difícil, sino el mantenerlo.

No obstante, a pesar de que el contacto no fue completado, el encuentro cercano con Antarel confirmó la realidad de una invitación que seguía en pie. Y lo más importante: que detrás de todo esto, nos aguardaba un gravitante mensaje…

1 El desierto de Chilca fue escogido por los extraterrestres básicamente por tres razones: la soledad misma del desierto que dispone un marco propicio para mayores acercamientos; la existencia de bases en el fondo marino, precisamente frente a las costas de Chilca, Puerto Viejo y León Dormido ¾las rutas que emplean sus naves para ingresar a estas bases cubren precisamente la zona del desierto¾; y tercero el propio magnetismo del lugar.

2 La aproximación de estas civilizaciones extraterrestres se basa en un plan de ayuda a nuestro planeta. Ellos denominan a esta misión: “Rama”, que significaría “Sol en la Tierra” o “Luz en la tercera dimensión”. El presunto objetivo de este despliegue es el despertar de consciencia de la humanidad y la recepción definitiva del conocimiento de que no estamos solos en el Universo.

3 Experiencia que describo al detalle en mi anterior libro, “Los Maestros del Paititi”, Lima, 1998. Actualmente editado en España por Ediciones Luciérnaga.

4 Antarel: Guía extraterrestre de Apu, presunto planeta gigante de Alfa B Centauro.



 

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