Los recientes incendios forestales en Rusia y Brasil (con torbellino de fuego incluido) han reavivado el debate sobre Haarp y armas climáticas. No es una exageración si sumamos a todo ello los últimos reportes de distintos fenómenos luminosos en los cielos, “anomalías” que recuerdan, sospechosamente, a la extraña espiral de Noruega. Además, las declaraciones de George Vassiliou, un presunto físico Ruso de la Universidad de Lomonosv de Moscú, que acusa a Estados Unidos de haber elevado las temperaturas a más de 40º en Siberia para generar los incendios, fue la gota que rebalsó el vaso. La noticia se tomó con seriedad ya que provenía del diario ruso Pravda. ¿Se está destapando una conspiración climática?
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Y si fuese así: ¿esto quiere decir que todo cuanto está ocurriendo con el clima del planeta es responsabilidad exclusiva de Haarp o de otros proyectos militares secretos? La respuesta, desde luego, es un tajante no. Algo está ocurriendo con el clima del planeta más allá de estas teorías de conspiración. Al margen de la existencia real de Haarp, y dejando a un lado la versión oficial sobre los gases de efecto invernadero, lo que ocurre en nuestro mundo es más complejo. Lika Guhathakurta, la presidente del Programa Internacional Viviendo con una Estrella, en las oficinas centrales de la NASA, ya advirtió que la causa principal de las perturbaciones del clima de la Tierra está conectada con el Sol, pues pertenecemos al campo de influencia de nuestra estrella.
Como sabemos, el Sol y la Tierra están separados por alrededor de 150 millones de kilómetros, una distancia que para muchos podría parecer segura. Sin embargo, desde el inicio de la Era Espacial, y especialmente en años recientes, cada vez se entiende más que una distancia de 150 millones de kilómetros no es en realidad tan lejos. Las naves espaciales y los observatorios terrestres han mostrado que la Tierra se encuentra localizada en la atmósfera externa del Sol, abofeteada por vientos solares, y golpeada por pedriscas de partículas energéticas. Además, los dos cuerpos están, de hecho, conectados por hilos invisibles de magnetismo. Durante los “eventos de reconexión”, que ocurren normalmente varias veces al día, es posible rastrear líneas de fuerza invisibles desde los polos de la Tierra hasta la superficie del Sol… En otras palabras, la Tierra y el Sol están interconectados, y a decir de la Dra. Guhathakurta de la NASA, ya no es posible estudiarlos por separado. Todo esto, inevitablemente, nos lleva a ciertas interpretaciones de las profecías mayas. ¿Estamos al borde de un fin de ciclo donde el Sol será el agente final del cambio? De lo que no hay duda es que Haarp no es el principal responsable de las cosas “extrañas” que estamos viendo. Pienso que debemos ver todo en perspectiva y contexto, y reflexionar que estamos viviendo los tiempos de una gran mutación. Una mutación que no necesariamente se debe traducir en una catástrofe global y el aniquilamiento de la especie humana, sino en una oportunidad para pasar a una nueva etapa como civilización.
Anteriormente publiqué un artículo sobre el agujero negro de nuestra galaxia y su relación con el Sol. También hicimos un breve análisis del conocimiento maya y 2012.
En el artículo ECIS de este mes, veremos otros vaticinios sobre el misterioso 2012. En ellos encontraremos unas curiosas psicografías del sensitivo argentino Benjamín Solari Parravicini que parecen aludir a tres años “claves” para el cambio: 2010, 2011 y 2012.
¿Será posible? ¿Qué significa?
Un abrazo a todos, y no dejemos de estar atentos…
Ricardo González
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