Breve crónica de un contacto

A través del e-mail (legadocosmico@gmail.com) nos han llegado muchas inquietudes. Como adelantamos, de todas estas preguntas estamos elaborando un artículo que subiremos al web en febrero y que tendrá por título “Reflexiones del Contacto II”, texto que seguirá la dinámica de preguntas y respuestas sobre el contacto y las informaciones que hemos recibido. Una de las preguntas que frecuentemente se repite es sobre cómo nos iniciamos en el contacto extraterrestre, y la relación que guarda nuestra experiencia con el hoy disuelto Grupo Rama. Cómo fue avanzando este contacto y qué experiencia nos condujo a otra, y por encima de todo, qué fruto, enseñanza e información se desprendió de todo ello. Aunque hemos abordado con profundidad de detalles ese proceso en nuestros libros, vamos a ofrecer aquí una síntesis de tan extraordinarias vivencias. Para tal fin hemos resumido la introducción de nuestro cuarto libro “Nuestros Lazos Extraterrestres”, que repasa los pormenores del contacto hasta el viaje estelar a Orión que afrontamos en la Gran Pirámide de Egipto (marzo 2003) experiencia que podrán encontrar en este sitio web bajo el nombre de “Informe Mintaka”. Sinceramente, esperamos que este pequeño relato de cómo se inició nuestra relación con seres superiores, demuestre que no hay secretos detrás del contacto, sólo situaciones mágicas y reales, y una decisión que cada uno debe tomar…

Un abrazo en la luz, Ricardo González

Esfera de luz fotografiada sobre la ciudad ecuatoriana de Cuenca, por Ricardo González. Octubre de 2005.

De esta forma, los grupos volvieron a sus orígenes. De acuerdo a Sixto Paz —pionero y líder de Rama— “volvimos a ser aquel grupo de jóvenes que nos reuníamos en nuestras casas, libremente y sin ninguna estructura, compartiendo naturalmente el mensaje recibido de los Hermanos Mayores del Cosmos”.

Los grupos de contacto siguen funcionando en la actualidad en Perú y en diversos países del mundo, pero sin ninguna estructura rígida. Los encuentros cercanos han continuado. Y en esta ocasión no sólo con los Guías extraterrestres, sino también con aquella civilización intraterrena, que ha sido portadora de importantes revelaciones y mensajes.

Al involucrarme con los grupos en 1993 —dos años después que culminara la organización Rama—, estudié profundamente los detalles del contacto telepático. Allí aprendí que lograr la conexión con los Guías no era difícil, sino mantener el enlace a través del tiempo. Para no perder el contacto se requería constancia en la preparación.

En el transcurso de este verdadero adiestramiento ―que involucraba técnicas de relajación, concentración y meditación― fui respirando mayor confianza y seguridad para recibir los mensajes, y comprender que disciplina espiritual era sinónimo de un contacto conciente y responsable con el Cosmos. Incluso, tuve la valentía de pedir avistamientos programados que confirmasen de que, efectivamente, estaba manteniendo una conexión con “ellos”.

Y utilicé bien la palabra “valentía”. Cuando se empieza a vivir una experiencia de conexión con seres superiores, muchas veces, el contactado teme perder ese enlace, o peor aun, darse cuenta de que éste, en realidad, no existe… Desde un principio fui conciente de que había una línea muy delgada entre la imaginación y la realidad, por tanto debía ser objetivo y corroborar de alguna u otra forma lo que estaba viviendo.

Bajo este principio, solicité en repetidas ocasiones “confirmaciones físicas” de los mensajes recibidos, pero sin que ello signifique generar una dependencia a la presencia de las naves.

La jornada a Paititi no dejó de ser intensa: la expedición nos tomó 33 días, a través de caminos serpenteantes en la Cordillera de los Andes, descendiendo desde los 6.000 metros de altura que alcanzamos a la ruta perdida de los Hombres Q´eros del Cusco, y posteriormente nuestro ingreso a la jungla mágica del Parque Nacional del Manú. Finalmente, el 5 de septiembre de 1996,  mientras me hallaba explorando los petroglifos de Pusharo ―una gigantesca roca que se acomoda a orillas de río Sinkibenia, y que muestra extraños símbolos en su pared― fui sorprendido por un visitante: un hombre de marcados rasgos orientales, vestido con una suerte de túnica —de un color dorado que sugería un brillo metálico— se acercaba hacia mí.

Con el corazón en la garganta por la sorpresa, estático, y presa de los nervios, contemplaba el rostro del aquel hombre mayor, que llevaba una larga barba, como si fuese un mandarín chino, y sobre su cabeza un casco muy similar a las coronas de los faraones egipcios. Su presencia era impactante. A pesar de la sorpresa que me causó su aparición, sentí claramente la paz que irradiaba. Se percibía que era un ser muy sabio…

Aquel hombre afirmaba llamarse Alcir, y pertenecer a una civilización intraterrena que hace más de 10.000 años se había establecido en las entrañas del Manú, siendo ellos supervivientes de una cultura perdida en el tiempo. En su mundo subterráneo resguardan una colección de planchas metálicas de ingeniosas aleaciones y cristales de roca en donde lograron “archivar” la verdadera historia de la Tierra. Este conocimiento permitiría al ser humano redescubrir su pasado, comprender su presente, y en consecuencia lógica modificar su futuro.

En este contacto, el Maestro intraterreno me habló ―sin mover los labios, como si hubiese enlazado su mente con la mía a través de una conexión telepática― de una herramienta cósmica que custodian, y que las leyendas incas recuerdan como el “Disco Solar”. Este portento, que otrora se hallaba en el templo cusqueño del Qoricancha, actualmente jugaría un papel clave en el preciso momento en que nuestro planeta logre transmigrar a una dimensión superior de conciencia, conectándose con el Real Tiempo del Universo. Y he allí la profecía estelar que conocen los extraterrestres…

Al volver a Lima, luego de esta increíble expedición que emprendimos un grupo de jóvenes peruanos y uruguayos a las selvas de Paititi ―y más aún lo que había significado el encuentro físico con aquel ser intraterrestre― sentí escribir todo lo que habíamos vivido. Así nació “Los Maestros del Paititi”, mi primer libro, sin imaginarme la repercusión que traería.

Cuando escribí el libro tenía 22 años ―al publicarlo, me convertiría en el escritor más joven de Sudamérica en estos temas―. Sólo vivía intensamente la experiencia, dejándome llevar por una fuerza superior que hasta hoy en día, no me ha abandonado.

1996 fue un momento maravilloso. Lo que significó este primer encuentro físico fue muy importante, pues nos permitió conocer un poco más sobre aquella Hermandad Blanca intraterrena y su misión.

Me sentía muy comprometido con aquellas fuerzas de la luz, pues inclusive ayudaron a mi madre a superar el cáncer que amenazaba su vida. En los momentos previos al viaje a Paititi ―como si se tratase de una prueba― los médicos habían estimado unos tres meses de vida para mamá, debido al difícil cuadro que presentaba. Entonces les pedí ayuda a “ellos”. Y la fortaleza y el trabajo interior de mamá, permitieron que los Guías extraterrestres pudieran asistirla a través de sueños, un fenómeno que estos seres denominan “curación astral”…

Según lo que nos han enseñado, toda dolencia física tiene una conexión con la mente, e inclusive con nuestro espíritu. Por consecuencia no sólo hay que concentrar toda la ayuda en el cuerpo material, sino también en los vehículos sutiles.

Y mamá sanó. Los exámenes ya no detectaron más formaciones neoplásicas. No hace falta que describa el impacto que todo esto generó en la familia. Con los años, pude ir comprendiendo que detrás del acercamiento extraterrestre se hallaban enseñanzas de profundo valor espiritual. Estos conocimientos nos invitaban a valorar más la vida, y comprender porqué uno vive como vive. Aquel mensaje sería la piedra cimiento de nuestro testimonio de contacto hacia los demás.

Paititi fue sólo el primer peldaño. Nuevas e increíbles experiencias estaban por venir.



La oleada ovni y el testimonio de la Prensa


Desde mediados del mes de octubre de 1998, primero a través de sueños, y posteriormente en comunicaciones telepáticas, los Guías extraterrestres me advertían de una oleada de observaciones de sus naves en 1999, asegurando que no sólo nosotros podríamos registrar su presencia, sino también la prensa de Lima, con quienes manteníamos una relación debido a las entrevistas y reportajes que hicieron sobre nuestras experiencias.

Nadie se esperaba la repercusión que todo ello traería para el Perú.

En síntesis, los mensajes que recibí afirmaban lo siguiente:

“1999 será el año de las evidencias, ya que los apoyaremos con manifestaciones nuestras que serán captadas por ustedes y también por medios de comunicación...” 24 nov. 98, (Oxalc).
       
“Al igual que en 1993, 1995 y 1996, nuestras naves se verán con insistencia en el Perú, así como en diversos lugares clave del mundo. Ello para seguir sensibilizando la mente humana frente a nuestra visita. Es así que hemos previsto otorgarles evidencias de nuestra presencia para que puedan comprender la importancia de lo que están viviendo; y con ello no nos referimos al contacto en sí, sino al mensaje que se desprende del mismo...” 17 ene. 99, (Amaru).

Y así ocurrió. La “bomba” fue detonada el 22 de enero de 1999 por periodistas y técnicos del programa Diálogo, que se transmite vía Frecuencia Latina, Canal 2 de Lima.

Cerca de las 12:15 de la medianoche, cuando los hombres de prensa transitaban con la furgoneta del canal de TV por la Av. San Felipe, Jaime Vidal Torres, camarógrafo profesional, se hallaría ante el encuentro de su vida: una plataforma de luces ―como describiría al aparato una y otra vez en las entrevistas― se movía en silencio en la tranquila noche limeña.

De inmediato siguieron al ovni, logrando filmarlo en la calle Barcelona de Pueblo Libre ―curiosamente el distrito donde yo vivía― en medio de un nutrido grupo de testigos que ya había corrido la voz sobre el fenómeno.

En breve, ya no sólo el Canal 2, sino América TV y Panamericana Televisión, se involucraron en una verdadera “cacería de ovnis”, logrando filmar muchas de las apariciones que en horario estelar eran transmitidas a nivel nacional.

Las comunicaciones de los Guías se habían cumplido.

Periodistas de Canal 2 fueron inclusive a casa para entrevistarme, ya que sabían de los mensajes que previamente había recibido. De inmediato Hugo Cogorno y Mónica Chang me invitaron hasta en tres ocasiones al Talk Show de TV “Mónica”, para hablar abiertamente del contacto con seres extraterrestres. Otros medios de comunicación se sumaron, y el tiempo no nos daba para cumplir con todas las invitaciones que nos extendían para hacer reportajes o transmisiones en vivo. Y no exagero.

Fue un gran estímulo para todos nosotros. Para todos los que, sobre la base del contacto que estábamos afrontando, aguardábamos un contundente “remezón” de conciencias en Perú.

Y las naves de los Guías movilizaron literalmente a todo el país, tal como advertían los mensajes.

Debo decir que no sólo a través mío se nos dijo que esto ocurriría; diversos integrantes de los grupos de contacto de Lima, por distintos medios, percibieron con antelación la presencia de las naves en lo que sería una oleada de observaciones sin precedentes. Todo esto alcanzó su punto más intenso cuando la Fuerza Aérea Peruana emitió un comunicado oficial negando su responsabilidad política y militar en cuanto a la trasgresión del espacio aéreo que estaba sufriendo Colombia por parte de “misteriosas naves no identificadas”, procedentes de Perú...

América Televisión, uno de los canales de TV más importantes, realizó un programa de investigación para “Los Especiales de los Domingos”, documental que se veía en todo el país. Allí fui entrevistado por el astrónomo Abraham Levi. Y el programa fue un éxito, pues además de mostrar una serie de evidencias concretas de las apariciones ―algunas incluso filmadas por periodistas― pudimos reflexionar en el mensaje del contacto, que está más allá del ovni como fenómeno.

En ese instante no advertía de que el destino me tenía guardada una “sorpresa”.

Mi constante aparición en los medios puso en “riesgo” mi trabajo como representante médico en un conocido laboratorio internacional. A pesar de que siempre conté con el respeto y apoyo de mis jefes ante el tema, apoyándome inclusive con permisos especiales para salir del país y dar conferencias, ahora las cosas se tornaban distintas, por cuanto diversos médicos que visitaba en sus consultorios, llamaban al laboratorio donde trabajaba para expresar el entusiasmo que tenían frente al tema de los ovnis...

Aún recuerdo lo que me dirían en la compañía: “Sr. González, Ud. tiene que decidir si será representante del laboratorio, o de los extraterrestres”.

Aunque siempre he procurado separar las cosas y ser eficiente con mis responsabilidades en el trabajo ―donde paradójicamente estaba bien considerado― para mis superiores estaba claro que no podía desarrollar dos actividades al mismo tiempo. No tuve mayor elección, y esto trajo como consecuencia de que en una “reducción de personal”, me despidieran.

Luego me enteraría de que esa determinación vino de un Gerente que detestaba el tema de los ovnis, y mi posible influencia en el personal del laboratorio…

Empero, por alguna razón extraña, me sentí bien y en paz cuando firmé mi “invitación a renunciar”. El jefe que tenía el encargo de comunicarme esta noticia inminente, sentado desenfadadamente en su escritorio caoba, me dijo en aquel momento: “Tómalo así: A lo mejor tus amigos los extraterrestres, desean que te dediques a tiempo completo para hablar de ellos...”

Como si se tratase de un “deja vu”, recordé en un instante la petición que efectivamente me habían hecho los Guías para dedicarme a tiempo completo a la difusión de mi testimonio de contacto (encuentro físico en Marcahuasi de Iris, julio de 1998). ¿Ya era el momento? ¿La Oleada Ovni que me habían anunciado era el “punto de partida” para tamaña responsabilidad?

Como fuere, cuando salí de la oficina, mi vida no sería la misma.



Al interior de una nave extraterrestre

Luego del impacto que causó en la prensa el abierto interés de la Fuerza Aérea en el estudio de los ovnis, los medios de comunicación se mostraron más abiertos que nunca en entrevistarnos.

Las invitaciones para dar conferencias públicas y entrevistas en radio y televisión se multiplicaron. Con el transcurrir de los meses, todo ello se fue intensificando hasta encontrarme de pronto más tiempo fuera del Perú, viajando a numerosos países para dar a conocer mi testimonio de contacto.

Y sí. Había aceptado el encargo de los Guías. Y ahora me encontraba en medio de muchísima gente que deseaba respuestas; algunos escépticos a mi experiencia —no les culpo—, y en contraparte otros la creían ciegamente, sin cuestionamiento alguno, pensando inclusive que me había ocurrido por ser yo alguien especial, con alguna virtud por sobre los demás.

Nada más alejado de la verdad.

Mientras un grupo de jóvenes amigos ?encabezados por Hans Baumann, compañero en diversas y maravillosas experiencias, hoy afincado en España? se hallaba en un paraje del desierto apoyando el contacto con sus meditaciones, un haz de luz “sólida” me llevaba al interior de una nave que yacía suspendida por encima del colchón de nubes, que de pronto se formó aquella noche tibia y silenciosa. De un momento a otro, me hallaba de pie, físicamente, en una especie de salón circular, de unos 10 metros de diámetro, muy blanco y brillante. La luz que emitía parecía salir de todas partes, y pude constatar de que aquella radiación no generaba sombras (?).

Durante toda la experiencia, fui asistido por un ser altísimo ?casi tres metros de estatura?, un hombre de aspecto nórdico, con cabello largo y cano, vestido con un enterizo de color plata. Ya le conocía de otras experiencias. Se presenta bajo el nombre de Antarel, afirmando provenir de un planeta llamado Apu, en Alfa Centauro.

En este insólito encuentro cercano ?que me permitió conocer una base orbital extraterrestre, llamada por ellos “Celea”, oculta detrás de la Luna? me advirtieron, entre otras cosas, de los peligros de la clonación humana, un hecho que se dio a conocer públicamente semanas más tarde. Además, me señalaron el conflicto bélico de EE.UU. con Oriente Medio ?como recordamos a consecuencia del extraño atentado en las Torres Gemelas de New York? siete meses antes que todo sucediera...

Ricardo González señalando el lugar donde abordó físicamente el ovni. Fotografía de 2001.

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