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Los encuentros con los ocupantes de los ovnis no pueden ser ignorados; son demasiado numerosos…
Doctor J. Allen Hynek.
The Ufo Report.
Historia Ignorada / Septiembre 2014
Q'eros: el secreto de los incas

En 1996 hice mi primera expedición a Q’eros, el último reducto inca en los Andes del Cusco. He aquí el extracto de mi “diario de viaje”, relato que escribí a mis 22 años y que publiqué originalmente en mi libro “Los Maestros del Paititi” (Ediciones Luciérnaga, Grupo Planeta España):

 

 

De Ocongate al Reino Q’ero

Avanzamos lo suficiente como para encontrar un clima más hospitalario, con un cielo despejado y un sol radiante que en breve secaría nuevamente nuestras ropas. En este tramo se dejó sentir el “soroche” o “mal de altura” –nos hallábamos a casi 6.000 metros sobre el nivel del mar–. Los mareos, náuseas, y sobre todo una presión intensa en la cabeza, hicieron presa a varios de nosotros. Para nuestro bien, superaríamos rápidamente estas incómodas sensaciones, adaptando nuestros pulmones al escaso oxígeno de las alturas; continuamente masticábamos hojas de coca y ello nos ayudó a soportar el vaivén.

Conforme nos acercábamos al abra, experimentábamos una rara sensación de alegría, quizá porque sabíamos que era la frontera con el reino Q’ero, y a partir de allí nuestro viaje adquiriría otro matiz. En el camino íbamos observando las Apachetas, estas “señales” o “marcas” son una pequeña acumulación de piedras, formando por lo general una pirámide. Juvenal, el arriero que nos acompañaba, nos dijo que los Q’eros eran los autores, procurando con ello una ofrenda a los Espíritus de la Naturaleza. Poco antes de llegar a la cima del abra nos tomamos un descanso, y lo aprovechamos para dejar allí nuestras “apachetas”; lo hicimos con mucho respeto a las tradiciones de antiguo que aún guardan los hombres andinos.

Ya en el abra, participamos todos de una ceremonia a los Apus (el espíritu de las montañas), la cual fue dirigida por el mismo Juvenal. Luego de ello, el experimentado arriero “leyó” las hojas de coca para ver lo que posiblemente sucedería en el transcurso de la expedición. Personalmente, aunque no le tengo confianza a las prácticas de adivinación –por cuanto podrían sugestionar a la persona sobre su posible futuro–, escuché con educación lo que afirmaba Juvenal. Cuidado con los resbalones –dijo–.

Arriba: Ricardo González examinando un mapa durante la expedición.

 

Al descender del abra veíamos a lo lejos una densa niebla que, según nuestros acompañantes, provenía de la selva. La niebla es habitual en Q’eros. Incluso toman sus precauciones porque ya hubo casos en donde algunos campesinos se “perdieron” al ingresar en ella. ¿Era acaso una “niebla” común? –me preguntaba–. Aquella gran mancha blanca se iría despejando hasta dejar ver una serie de casitas de piedra con techo de paja, fieles a las antiguas viviendas incas. A las cuatro y media de la tarde llegamos a la primera comunidad Q’ero.

Se trataba de Chuwa Chuwa, una aldea que se encuentra a 4.500 metros de altura. Sus habitantes no son muy numerosos –calculo que no habrán allí más de veinte chozas–. El silencio era total, los Q’eros no se dejaban ver por ningún lado, aunque sentíamos claramente que alguien nos observaba. Parecía incluso que estuviéramos en un pueblo fantasma.

De improviso, en medio de este cuadro observamos a un hombrecito bajito, vestido con una especie de unku o manto inca. A paso acelerado se acercó hacia nosotros. Era el líder de la comunidad...

Es Nazario Quispe –nos explicó Don Juvenal–, voy a solicitarle autorización para que nos deje dormir en una de sus chozas.

La sonrisa de Nazario nos hizo saber que había aceptado la petición del curtido arriero. Una vez que nos presentamos ante él, quitamos las sillas a los caballos y recogimos nuestro equipo, ingresando todos al interior de una espaciosa vivienda que por lo general permanecía deshabitada.

Es notable la similitud que hay entre las viviendas incas con las que hoy construyen los Q’eros. Las piedras son acomodadas con gran maestría, y el techo de paja es digno de manos hábiles e inteligentes. Al entrar en una de estas viviendas uno tiene que bajar por unos peldaños, ya que los Q’eros cavan al interior de la misma dándole mayor espacio al recinto.

Siempre me preguntaba, desde la época del colegio, cómo los incas habían construido esas grandes paredes de roca que causan admiración a profanos y eruditos. Las explicaciones débiles que otorgaban algunos arqueólogos sobre su origen, le dio espacio a otras interpretaciones, definitivamente menos fieles a la academia, pero que también buscaban develar el misterio. Me refiero a la teoría que sustenta la intervención extraterrestre –tan combatida– donde, hipotéticamente, una civilización avanzada proveniente de otras estrellas habría levantado Sacsayhuamán, Machu Picchu y cuanta evidencia arqueológica nos cuestione sobre su enigmático pasado.

Se sorprenderá el lector al saber que nosotros no apoyamos a pies juntillas estas teorías, que no negamos son muy sugerentes; más bien afirmamos –sobre la base del contacto directo que mantenemos con civilizaciones superiores– que estas maravillas arqueológicas las hicieron los hombres; pero cabe aclarar que todo esto obedecía a un “plan de ayuda”, en donde seres de las estrellas brindaron el conocimiento necesario para asistir al humano, pero sin que ello signifique una acción directa por parte de los extraterrestres.

En el transcurso del viaje a Q’eros habíamos observado en las rocas unos orificios extraños que de ninguna manera sugerían una formación natural. Nos enteramos que eran los nidos de una curiosa ave andina denominada por los hombres de aquella región como “Pito”. Pero, ¿cómo esta ave perforó la roca? Según lo que nos dijeron, antiguamente los incas buscaban los huevos del ave Pito por ser estos fuente de alimento importante en el Imperio y, al encontrar los hoyos en la roca, esperaban a que el ave abandonase el nido, para luego hurtar los codiciados huevos. De esta forma, los incas advirtieron que la Pito tenía unas hojas en el pico que frotaba con la superficie de la roca, para luego picotear y así formar el orificio que serviría más tarde de nido. Al ver cómo estas hojas ablandaban considerablemente la roca, los incas siguieron al ave para ver en qué lugar crecía la misteriosa planta.

El consecuente descubrimiento los llevaría a desarrollar una técnica de construcción, donde las rocas, luego de ser sometidas a la sustancia química de las milagrosas hojas, serían acomodadas y cortadas –ya liberadas de toda dureza y peso– para edificar sus soberbios templos y fortalezas. Luego estas rocas “recuperarían” su característica normal, volviendo a endurecerse...

Esto explicaría muchas incógnitas, aunque no tenemos la certeza de que el relato no haya sido deformado con el transcurrir del tiempo. Además, aún perduran otros enigmas que no encuentran una satisfactoria explicación. Hoy por hoy sabemos que alguien guió a los incas, ayudándoles a desarrollar una civilización que alcanzó un alto grado de conocimiento en diversas materias. ¿Quiénes fueron entonces sus Maestros?

Arriba: el templo de Sacsayhuamán –mal llamado fortaleza– en Cusco, Perú. ¿Cómo hicieron los incas para colocar, con pasmosa precisión, esas enormes rocas? Todas las explicaciones "oficiales" que ha brindado la arqueología ortodoxa nunca se han podido probar en la práctica...

 

Gracias al conocimiento del quechua por parte de nuestros dos arrieros y amigos, pudimos establecer un ameno diálogo con Nazario, quien se mostró hospitalario desde un inicio. Su trato para con nosotros fue aún más fraterno al conocer las intenciones espirituales de nuestra expedición. Los Q’eros son muy desconfiados, y ello debido a malas experiencias que han tenido que soportar.

Efectivamente, Chuwa Chuwa no era una comunidad muy habitada, Nazario nos dijo que allí vivían sólo unas 22 personas... Ello me llamó la atención, ya que el citado número es una clave que suele estar presente en viajes como es que estábamos llevando a cabo. Se iba cumpliendo cabalmente aquello de: “las señales se multiplicarán en el transcurso del viaje”. El 22 representa los viajes de contacto...

Al explicarle a Nazario un poco más sobre los motivos profundos que nos movían a desplazarnos por estas alejadas tierras, cambió su mirada, dejando ver en su rostro curtido por el clima una honda preocupación. Dirigiéndose al grupo nos dijo si queríamos orar con él. Aceptamos con mucho entusiasmo, entonces nos pidió que lo siguiéramos, y nos llevó hasta su misma choza. Nos hizo pasar y comprobamos en qué condiciones vive esta gente de las alturas: simpleza y sencillez. Empero, la verdadera humildad la llevaban dentro...

A pesar de que en ese momento ya no se encontraban con nosotros Juvenal y Pascual, pudimos entendernos lo suficiente con el líder Q’ero. Juntos –y con su familia que se hallaba al interior de la vivienda– realizamos un trabajo de canalización de energía Cilial (radiación sutil emitida por el Sol) visualizando que nos bañaba con su luz y poder. Asimismo, recibimos la energía de la Tierra, de la denominada seccion, o Gaia, uniéndose ésta con la luz que provenía del astro rey. Alzamos nuestros sentimientos hacia el Universo, agradeciéndole por todo lo que estábamos viviendo y que tanto nos serviría de hoy en adelante.

Durante este trabajo, escuchamos unos quejidos, y al indagar de qué se trataba, observamos entre unas mantas de lana a un hombre Q’ero –familiar de Nazario– que se hallaba gravemente enfermo. Presentaba todos los síntomas de una infección respiratoria muy avanzada. Comprendimos entonces que Nazario quería que oráramos a su lado para pedir por “Lorenzo”, su hermano, quien desde hacía varios días se encontraba muy mal de salud. ¿Un sanador de los Andes nos pedía ayuda a nosotros?

Entendimos el “mensaje” y, de inmediato nos encomendamos a las fuerzas superiores, pidiéndoles su asistencia para un trabajo de curación que llevaríamos a cabo para restablecer la salud de Lorenzo. Para ello utilizamos la imposición de manos, canalizando una energía que descendía del cosmos para luego ser “proyectada” a través de nosotros hacia el enfermo.

La pieza clave en las curaciones es creer, pero no sólo en el que cura, sino también –y fundamentalmente– en el que está siendo asistido por esta fuerza purificadora. En la experiencia de contacto aprendimos que uno no debe utilizar su propia energía, ya que ello puede conducir a un excesivo desgaste en la persona que humildemente se brindó para asistir. Siempre se debe visualizar que somos protegidos por una energía superior; también es ideal hacer una cúpula de protección (envolverse y rodearse en luz) antes de iniciar este o cualquier otro trabajo.

En verdad, los efectos fueron sorprendentes. Lorenzo lucía mejor, incluso nos agradeció tomándonos de las manos mientras nos decía algo en su lengua madre y, aunque no le entendíamos mucho, sentimos su gratitud y sincera amistad. Nazario se mostraba complacido. Ahora sabíamos por qué debíamos venir por Ocongate: si hubiésemos escogido la ruta de Paucartambo nos “saltearíamos” Chuwa Chuwa, ya que el primer camino va directamente a la comunidad central de los hombres Q’eros. Y en Chuwa Chuwa se nos necesitaba y teníamos algo que aprender...

Les dejamos medicinas como tratamiento complementario, y esta vez sí contamos con nuestro traductor de expedición, Juvenal, quien les explicaba en quechua cómo debían utilizar los medicamentos, según nuestras instrucciones. Esa noche dormimos con un sentimiento de plenitud por haber podido ayudar. ¡Y pensar que nosotros veníamos con la actitud de ver qué podíamos recibir de los Q’eros! Realmente uno se siente bien procurando el bienestar de un amigo; nuevamente las pautas recibidas se cumplían. La enseñanza de la Hermandad Blanca se otorga de una forma práctica, asegurando con ello que el “discípulo”, jamás la olvidará.

 

Hatun Q’ero

Cerca de las nueve de la mañana del sábado 10 de agosto de 1996, partimos de Chuwa Chuwa hacia la comunidad central: Hatun Q’ero. Nuevamente –como para no perder la costumbre– pasamos al lado de afilados precipicios. Por lo angosto y peligroso del camino, tuvimos que repetir la rutina de bajar de los caballos y jalar de sus riendas. Avanzamos muy bien –estábamos descendiendo–, y al cabo de pocas horas nos encontrábamos en “la capital” de los hombres Q’eros.

 

Arriba: el grupo expedicionario; Ricardo González, Carlos Fernández, Horacio Fabeiro, Giselle Erba, Migue Ángel Chávarri y Paul Moncada.

 

Una serie de casitas de piedra y paja se mostraban ante nosotros al amparo de una cadena de picos que, cual fortaleza natural, cobijaban a esta bella comunidad andina a 3.500 metros de altura. Fui el primero en llegar, y me detuve unos instantes a contemplar la comunidad, que era mucho más grande que Chuwa Chuwa. Hatun Q’eros tiene una vibración muy particular, se siente desde la llegada. A lo lejos, entre dos montañas, se vislumbraba un paisaje verdoso que me conmovió de tan sólo contemplarlo: era el descenso hacia la selva... La ruta secreta a Paititi...

Una vez que nos hallábamos todos juntos, nos agrupamos en la puerta de una vivienda Q’ero. Al igual que en Chuwa Chuwa nadie se asomaba por ningún lado, hasta que unos hombres que parecían ser campesinos –por las herramientas que llevaban– se animaron a acercarse. Dialogaron con Juvenal, quien ya se despedía, pues retornaba con Pascual a Ocongate. Andrés Quispe, uno de los citados campesinos, inició la conversación, autorizándonos a pasar la noche en la comunidad y bajo el abrigo de una de sus viviendas que al igual que en Chuwa Chuwa, permanecía desocupada.

Nos despedimos de Juvenal y Pascual, agradeciéndoles por su ayuda. No sabíamos cuánto tiempo permaneceríamos en Hatun Q’ero y por ello nuestros dos amigos arrieros nos acompañaron en un viaje de ida. Cuando los vi partir de regreso a Ocongate, tuve una sensación de desamparo, ya que no contaríamos con la valiosa experiencia que ellos tenían. Sin embargo, y aunque suene contradictorio, en aquel instante sentí una inexplicable seguridad, que todo saldría bien.

A partir de ese momento estaríamos conviviendo con los Q’eros, quienes hablaban el quechua, y sólo algunos de ellos –y a duras penas– el castellano. Estoy seguro que cuando Andrés Quispe nos dio la autorización para dormir en la comunidad, no imaginó que estaríamos más tiempo de lo previsto; no sólo lo previsto por él, sino también lo previsto por nosotros...

Andrés, Pampa Misayoc de Q’eros Grande, se mostró cordial; nos sorprendió porque ni bien conversó con nosotros –era uno de los pocos que hablaba algo de castellano– nos confió sus experiencias con los espíritus de las montañas o “Apus”. Dijo que los podía escuchar, y que si lo deseábamos, podría dirigir una “ceremonia” donde nosotros mismos tendríamos también nuestra propia experiencia...

Un Pampa Misayoc, según la creencia Q’ero, posee tres “poderes”: el Munayniyoc, para curar el cuerpo y el espíritu y comunicarse con el Apu; el Llank‘ay, o fuerza para el trabajo; y el Yachay, o sabiduría para las decisiones. Ello me entusiasmó, porque así me “quitaría el clavo” sobre la autenticidad de estas prácticas andinas que siempre respeté, pero que debido a mi ignorancia, nunca había llegado a comprender.

Andrés se marchó tocando su inseparable quena –que él mismo fabricó, como casi todo en esa región andina–, nosotros nos quedamos muy interesados en su ofrecimiento... Tendríamos que esperar para experimentar una extraña pero profunda experiencia.

Aprovechamos el tiempo dando un paseo por la comunidad. El terreno era inclinado, ya que las viviendas se acomodaban a las faldas de las montañas. A lo lejos, se observaba una serie de caminos que arañaban los farallones andinos. Q’eros se halla tras las vertientes de la cordillera oriental de la cadena del Vilcanota, llegando hasta las cercanías de Madre de Dios. El clima de Hatun Q’ero es templado, y la neblina es casi permanente en sus alrededores. Viven como era el Imperio Inca hace más de 500 años. De hecho, actualmente se puede ver la presencia de andenes incas que siguen siendo empleados por los miembros de la comunidad para la agricultura.

Durante nuestra exploración, encontramos un riachuelo de aguas cristalinas. Los Q’eros habían acomodado ingeniosamente unas piedras en la trayectoria del riachuelo, formando de esta manera una especie de “caño” que era utilizado frecuentemente para el abastecimiento de agua. Nosotros no perdimos la oportunidad para llenar las cantimploras. Seguimos el riachuelo cuesta arriba, desde donde caía, y allí encontramos un manantial. Nos vino muy bien este descubrimiento porque necesitábamos a gritos un baño.

Por la noche descansamos plácidamente sobre el suave lecho de paja de nuestra vivienda Q’ero. Sobre esta mullida yacija acomodamos nuestras bolsas de dormir y el sueño reparador vino casi instantáneamente. Esa noche, todo el grupo sintió la presencia de alguien que se desplazaba al interior de la vivienda... En sueños algunos de nosotros percibimos que unas “voces” nos hablaban. Al despertar confrontaríamos las percepciones que habíamos tenido, y para nuestro asombro, todas eran similares...

Giselle –la única mujer en el grupo expedicionario– nos contó que en sueños vio a un niño Q’ero, y este se le acercó diciéndole que en el lugar donde estábamos se había trabajado la magia del Amaru . Debíamos ser muy cuidadosos de nuestra actitud –prosiguió el niño–, porque de lo contrario estaríamos profanando sus tesoros espirituales.

Me llamó la atención aquello de “la magia del Amaru”; curiosamente, yo había soñado con una serpiente esa misma noche... Todo parecía indicar que los “mensajes” recibidos durante el sueño estaban guiados por una misma fuente. Amaru en los Andes es un símbolo positivo de iniciación. No tiene el significado “oscuro” que se asocia a ciertos pasajes de la Biblia cristiana. Amaru es, de hecho, sinónimo de sabiduría para el mundo andino. No en vano, el pueblo inca llamaba a sus maestros espirituales “los amarus”. Y “amautas” a los instructores de conocimiento.

Así iniciamos el 11 de agosto, y el día aún nos deparaba  sorpresas.

Esa mañana, llegó un visitante a Hatun Q’eros. Se trataba de un profesor que había sido contratado por el Gobierno para hacer llegar un programa básico de educación a las comunidades andinas más alejadas. Era un hombre muy joven que residía en Paucartambo. Su dominio del quechua y del castellano le permitía cumplir su función educadora sin mayor dificultad. Debido a estas clases era que algunos Q’eros estaban aprendiendo el castellano.

Hicimos amistad con el profesor, quien se constituiría en una pieza clave y fundamental para nosotros, por cuanto nuestro limitadísimo conocimiento del quechua no permitía diálogos ricos en información. Gracias al profesor, de las conversaciones pobres que mantuvimos en un inicio con los Q’eros, pasamos a coloquios lautos de detalles que, para nosotros, eran indispensables. Una vez más las comunicaciones se cumplían cabalmente. El profesor se llamaba Rómulo, y sólo entonces comprendimos aquello de que “Rómulo nos daría la pauta del trabajo...” ¿Y cómo no? ¡Él era el intérprete! La precisión de esta comunicación, recibida en Lima el 6 de julio por Silvia de Maza, nos maravilló a todos. Todo se dio tal cual lo anunciaba el guía Sampiac, con 35 días de antelación...

Rómulo Ordoñez nos llevó a su vivienda Q’ero, y allí tuvimos una cautivadora conversación. Al conocer el destino de nuestro viaje, nos contó que ya se habían dado otras expediciones que intentaron llegar al Paititi a través de Q’eros; sin embargo, todos estos esfuerzos fracasaron. La ruta estaba cortada, la maleza había crecido borrando las trochas; un caudaloso río era también un peligroso obstáculo que sortear. Los mismos Q’eros dicen que el camino está “encantado”, incluso ellos mismos habían intentado llegar al Paititi por ese derrotero, sin conseguirlo.

El atardecer andino ya se dejaba notar; me había quedado a solas con Rómulo para continuar con las conversaciones cuando, de pronto, escuché la voz de Giselle –con un claro matiz de emoción– que me llamaba por mi nombre. De inmediato salí a ver qué sucedía, y entonces observé lo que sería para nosotros una gran confirmación: Un objeto metálico, con la apariencia de una gran campana con boca ancha, se desplazaba hacia la selva camuflado detrás de unas nubes, emitiendo poderosos fogonazos de luz plateada. Ni bien lo observé, no perdí el tiempo y lo más rápido que pude tomé mi cámara fotográfica; enfoqué al objeto en el visor y gasté buena parte del rollo fotográfico en él, procurando con ello registrar su aparición. Lamentablemente, y para nuestro desconcierto, al ser enviado el rollo a una casa fotográfica para su revelado, estas tomas aparecían veladas (?).

A pesar de ello, este singular avistamiento nos confirmó que debíamos descender a la selva por aquella dirección, perfectamente demarcada por la trayectoria que empleó la nave. Curiosamente, los Q’eros hablaban de un camino Inca que se hallaría en esa zona. No era la primera vez que una nave de la Confederación se dejaba ver para orientarnos, “ellos” siempre están allí, aguardando el momento más adecuado para demostrarnos su apoyo. Pero aclaro, que todo este despliegue no apunta a un determinado grupo de personas, sino a la humanidad que alegóricamente va representada en el esfuerzo del caminante. No importa mucho quien lo lleve a cabo, sino que se realice por un bienestar colectivo.

Luego de la interesante experiencia nos reunimos en nuestra cabaña, y en medio de la conversación, saltó la inquietud por saber más sobre el supuesto camino Inca que descendía a la selva. Nuevamente, el Universo nos tocó con su dedo mágico, permitiendo que conociéramos a la persona más idónea para desentrañar nuestras dudas...

Así conocimos a Pascual –nuevamente el nombre que recibiera Horacio–, un anciano Q’ero que ostentaba una gran experiencia y honda sabiduría...

Gracias a Rómulo pudimos dialogar con este sacerdote andino..., que entre otras cosas nos advirtió que no debíamos ir, por cuanto el trayecto era mágico y lleno de peligros. El anciano Q’ero se hallaba bien convencido de esto, quizá porque él había guiado a anteriores expediciones por el camino Inca, sin éxito, aunque sabía de la existencia real de la ciudad perdida. Pascual mismo, describió la misteriosa ciudad de los dioses con estas detonantes palabras: Una ciudad dorada, brillantísima, que guarda los secretos de nuestro pasado, y donde mora el  último Inca...

 

Quañachoai: el “nombre” perdido de Paititi

El 12 de agosto era mencionado por los guías extraterrestres como una fecha importante. Esa tarde tendríamos la ceremonia con Pascual y Andrés...

Curiosamente, la noche anterior, Carlitos y yo tuvimos unos sueños donde nos veíamos dando conferencias sobre la expedición. Por otro lado, recordaba otro sueño donde se me aparecía Andrés diciéndome que tuviéramos cuidado por dónde caminábamos, porque los Maestros habían hecho magia. Supuse que la conversación con Pascual la noche anterior me había sugestionado. Al margen de ello, el sueño fue tan concreto y “real” que me seducía misteriosamente a no pasarlo por alto, y así prestarle mayor atención a pesar de mi cuestionamiento.

Llegó el crepúsculo en medio de una interesante conversación. Nos hallábamos reunidos al interior de la vivienda Q’ero, comentando las señales tan claras que habíamos recibido por parte de la Hermandad Blanca. Estábamos iniciando la semana 33 del año. El 12 de agosto era el comienzo de una nueva etapa para nuestra expedición. Al día siguiente partiríamos hacia la selva, rastreando el camino incaico que conduciría a la ciudad de piedra del Paititi, una antigua y sagrada edificación que mantiene los secretos de antiguo, archivados y custodiados por los mismísimos “dioses”.

De súbito, el agudo crujir de la vieja puerta de madera nos interrumpió. Era Rómulo, acompañado de Andrés y Pascual, quienes lucían distintos; se les notaba graves y ponderosos. La impavidez y quietud de estos sacerdotes andinos contrastaba con nuestra azorada actitud, en espera de lo que, para nosotros, era algo realmente novedoso. Una vez que nos encontrábamos todos aglomerados en torno a la fogata, Pascual dio inicio a la ceremonia, solicitando para ello un respetuoso silencio.

Con sumo cuidado tendieron sobre la paja un manto andino. Allí empezaron a colocar las hojas de coca, una por una, con calma y sosiego. De igual forma se procedió con los pétalos de unas flores, semillas, y otros implementos que son propios del “despacho”, todo ello era parte de una ofrenda a la seccion y a los Apus. Luego de esto continuaba el “brindis”. Una pequeña copa de pisco fue suficiente para saludar a los espíritus de la naturaleza. También se fumó un cigarrillo como símbolo de comunión grupal. Aunque no entendíamos mucho lo que se hacía, la solemnidad y convencimiento de los Q’eros nos contagió, y ello nos hizo acoger con respeto y educación sus costumbres y tradiciones.

De pronto, Pascual y Andrés dejaron de pronunciar unas enigmáticas palabras quechua que Rómulo no nos pudo traducir por el silencio solicitado; entonces el anciano Q’ero dio una señal a Rómulo para poder conversar en voz baja. Aprovechamos la oportunidad para indagar mayor información sobre Paititi, pues teníamos una inquietud sobre el Disco Solar que habíamos estado visualizando en el transcurso del viaje; pensamos que quizá Andrés o Pascual conocieran de él.

 

–Rómulo, ¿podrías preguntarles si saben algo de la existencia de un Disco Solar, como de oro?

Ni bien el profesor formuló la pregunta Pascual respondió en su lengua materna.

–Dice que bajo tierra... –Tradujo Rómulo.

–O sea, ¿el disco existe, pero bajo tierra? –Quise asegurarme de la afirmación.

–Dice que ustedes lo pueden ver, pero conforme se acerquen, el disco puede cambiar de forma, para convertirse en paja, en roca, o en cualquier otra cosa –nos aseguró el profesor según lo que el anciano sacerdote afirmaba.

¡El Disco Solar existe para los Q’eros! –exclamaba en mis adentros–. Según el anciano se encontraba “bajo tierra” en el Paititi –¿una cámara subterránea?–. Al parecer cualquiera no podría aproximarse hacia él, según Pascual estaba “encantado”...   

Rómulo nos confió que durante la ceremonia Pascual y Andrés habían “pedido” a los Apus que nos protegieran en nuestro viaje, aunque seguían afirmando que no era el momento para ingresar a la ciudad perdida; pero que de lograrlo, ello significaría mucho para ellos, porque así tendrían acceso a un conocimiento oculto, arcano e infinitamente antiguo que formaba parte de sus propias raíces culturales.

Luego de conocer éstas y otras informaciones que pudimos registrar en las grabadoras de audio, Pascual tomó las ofrendas. Con firmeza se dirigió a la fogata y arrojó las dos envolturas de papel que contenían la dádiva a los Apus y a la Madre Tierra. Este momento fue sobrecogedor. Me atrevo a afirmar –y no soy el único–, que vi en las flamas de la fogata lo que parecían ser rostros de ancianos... Nos observaban con mirada penetrante, profunda... Pero ello no es todo: pude escuchar, claramente, unas voces que a manera de un gran trueno estallaban en mi interior... Me decían algo en quechua, y a pesar de mis limitados conocimientos de esta sagrada lengua, logré comprender con simplicidad lo que se me decía...

Después que concluyera esta interesante ceremonia conversé con Miguel y Carlitos, pudiendo comprobar que a ellos les había ocurrido lo mismo... Nuestro desconcierto y curiosidad eran tales que decidimos consultarlo con los dos sacerdotes Q’eros.

Tuvimos una colosal sorpresa: según los sacerdotes andinos de Hatun Q’eros, las voces que habíamos escuchado, pertenecían a los mismísimos Apus...

Y, como un regalo, nos revelaron el nombre con el cual los Q’eros conocían a Paititi: Quañachoai.

Un mantra antiguo, cuyo significado, es aún oculto...

Arriba: "Pascual", el anciano sacerdote Q'ero, en la única foto que pudimos sacarle. Fue antes de la "ceremonia". Este maestro espiritual andino nos revelo el nombre secreto de Paititi, información que dimos a conocer y que más tarde se difundió por todo el mundo.

 

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