(Viene del Artículo anterior) Ver primera parte.

Joaquín, vestido con una brillante túnica dorada, se hallaba de pie sobre una suerte de desnivel superior, en el otro extremo del gran salón. Entre el anciano Maestro y mi persona se hallaba aquella misteriosa piedra. Él observaba atento y en silencio mis reacciones, como si estuviese aguardando que terminara de comprender algo.

En 1922, el explorador, meteorólogo y astrónomo alemán Alfred L. Wegener, popularizó la teoría ―hoy demostrada― de la “Deriva Continental”. Basándose en todo tipo de evidencias geofísicas, geológicas, paleontológicas, paleo-climáticas y geodésicas, estableció que hace unos 225 millones de años había un solo continente, al cual denominó “Pangea” (Pan, “todo”; y Gea “tierra”). Más tarde, en 1937, el geólogo sudafricano Alexander Du Tit ―discípulo de Wegener― postuló que durante el Paleozoico Pangea se había “dividido” en dos grandes continentes que llamó “Gondwana” y “Laurasia”. Como se puede ver en el gráfico ―en donde faltarían agregar tierras sumergidas como la Atlántida―, hace unos 65 millones de años los continentes ya estaban separados por los océanos.

De acuerdo a lo que los Guías nos han transmitido, los Ingenieros Genéticos vinieron a la Tierra en la Era Terciaria, por lo tanto, cuando se inició la civilización lemuriana los continentes ―incluyendo la Antártida― ya se habían alejado el uno del otro. En otras palabras: la Antártida se separó de África cuando el ser humano aun no aparecía.

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